Una vez cumplidos los cuarenta, por fin haría uno de esos viajes de ensueño. Un viaje de los que imaginas desde que eres adolescente. Había llegado el momento del sexo, drogas y tecno-pop. Ibiza estaba a mi espera. Por fin descubriría una isla de la que todo el mundo  habla. Una isla definida como maravillosa, sorprendente, mágica y epicúrea (ahí es nada el palabrejo).

Me habían comentado que tal vez enero no fuese el mes más propicio para las playas y el desenfreno. No me importó. La decisión estaba tomada y sólo quería juntar noches con días. Uno tras otro, sin descanso, como había imaginado que se vivía en las Pitiusas. El ambiente en el avión no auguraba grandes festejos, y he visto llegadas a funerales con más alegría que nuestro aterrizaje en Ibiza. No quería ver la realidad pero las señales eran claras. 

Y llegó el momento. El chico que me recibió en el alojamiento me encontró un poco taciturno, ¿todo bien?, más o menos, le digo. No está Ibiza como yo la imaginaba. No hay go-gos por las calles, ni brasileños en taparrabos, ni tipos con serpientes al hombro, ni he visto (todavía) a cantantes ni futbolistas. Mi anfitrión entre asombrado, acojonado, e incrédulo, pero sin perder la educación, me comenta que las discotecas sólo abren a partir de mayo. Y con ello la llegada de la farándula. Y ahora ¿qué?, me pregunto. El abismo ante mi, y una semana por delante sin saber que hacer. O sí. 

Después del shock inicial, poco a poco comienzo a recuperarme. A dejarme llevar por los vientos de la isla. Por su magia. Por su luz y sus paisajes. Podría decir que disfruto del viento de la isla acariciando mi rostro mientras conduzco sin rumbo un descapotable pintón por carreteras secundarias. Mentiría, claro. Visito la isla, sus pueblos, sus iglesias y sus encantos en autobuses de transporte regular. Una forma estupenda de recorrer un lugar diferente al tuyo de residencia. 

Posición estratégica en el Mediterráneo 

Está Ibiza situada en un punto estratégico. Tiene una posición privilegiada en el Mediterráneo que ha hecho que sean muchos los pueblos que allí se han asentado. Es esta amalgama de civilizaciones, y la huella que han dejado, uno de sus grandes encantos. No se sabe con seguridad pero bien podrían haber sido los fenicios los que fundaron la ciudad de Ibiza alrededor del siglo VII a.C. Más tarde vendrían romanos, vándalos, bizantinos y musulmanes hasta la llegada de Jaume I en el año 1235. 

Tras recibirme en el paseo marítimo el monumento a los hippies, encuentro en el centro de la ciudad, y rodeado de viviendas, un cementerio lleno de historia. La necrópolis de El Puig des Molins (existieron en el lugar  molinos de viento durante varios siglos, de ahí el nombre) fue el cementerio de Ibiza durante años. Hay tumbas incluso de la época fenicia. Se cuenta además que allí descansaron el sueño eterno grandes personalidades cartaginesas. Parece ser que éstos procuraban terrenos en los que no habitaran animales venenosos, e Ibiza reunía esas características.

Una de las fortalezas más bonitas del mundo 

Uno de los elementos característicos de la ciudad es su fortaleza. Una edificación emblemática musulmana,  reformada después bajo mando cristiano. Una de las fortificaciones más bellas y mejor conservadas en el mundo. Llegar a Ibiza por mar hace que podamos contemplar su belleza de la mejor forma posible. Preciosa de día. Más que atrayente de noche. Un espectáculo visual en ambos casos. Que la ciudad fuese nombrada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO sin duda le debe gran parte a la emblemática fortaleza. 

Si el recinto amurallado es espectacular, el barrio de Dalt Vila tiene un algo especial. Un barrio que transmite su alma propia a toda la ciudad. Sus calles laberínticas y estrechas, sus cuestas y plazoletas, sus casas tradicionales, y su poso antiguo, hacen del barrio un lugar con un encanto particular. Un trazado en apariencia anárquico con origen medieval. Entramado de calles que no van a ningún sitio, o mejor dicho, que me llevan donde quieren. En cada momento a un lugar diferente. Un barrio de Dalt Vila situado en una ladera con la dificultad que ello conlleva, para quien lo construyó, y para quien ahora vive en él. Dificultad que hace el barrio más atractivo para quienes lo recorremos de visita. 

Otro barrio con alma singular es Sa Penya, situado al pie del baluarte de Santa Lucía. Sin duda el lugar más pintoresco de Ibiza (el ser peatonal ayuda a su disfrute). Tengo la sensación que con el fin del invierno, cuando vuelvan a abrir todos los negocios, perderá su encanto. Volverán el jaleo y las multitudes, y se acabará la calma. Se terminará el poder disfrutar de la tranquilidad de estas preciosas y peculiares calles. Unas calles con sus empinadas cuestas y callejones estrechos que han sido el hogar de pescadores desde hace cientos de años.

Sorpresa por las calles de Ibiza

Cruzo de noche y de días, varias veces, el Portal de Ses Taules para acceder al recinto amurallado. Cruzar la puerta monumental y que estatuas romanas te saluden al pasar, hace que la entrada sea cuando menos diferente. Sientes que entras a un lugar importante, unas calles que antes que tu durante siglos pisaron gentes de toda clase y condición. Perderse por el barrio es una gozada.  

Dejándome llevar por las calles de Ibiza visito su catedral. Descubro, aunque no puedo visitarlo al estar cerrado, un museo dedicado a Colón, del que hay quien sostiene que nació en la isla. A pocos metros de distancia una placa en un callejón nombra a los judíos, su paso y estancia en la ciudad. Una huella más de las dejadas por la variedad de pueblos que han habitado en la isla. Y para mi sorpresa, me topo con una iglesia ortodoxa rumana. Un templo de gran colorido donde me reciben como si fuese todos los días. Caminar sin rumbo siempre ha sido la mejor guía de viajes que uno puede llevar. 

La playa de Las Salinas

Amanecía con ganas de pasear y no encontraba mejor lugar que las Salinas y sus playas, desiertas en este comienzo de año. Algún corredor solitario, paseantes con perro, y algún despistado como yo somos los únicos que disfrutamos de la belleza de la playa. Es difícil de imaginar el lugar abarrotado hasta reventar de gente  luciendo palmito mientras se pasea por el lugar en la tranquilidad de un día de enero. 

Las salinas, localizadas a poca distancia de la playa, fueron durante casi 2000 años prácticamente la única fuente de ingresos en la isla. Las usaban ya los romanos, aunque serían los musulmanes los que desarrollarían un moderno sistema basado en sus grandes conocimientos hidráulicos. La sal, además de fuente de ingresos, se trataba de un producto fundamental en la isla para conservar los alimentos.

Caminando hasta el final de la playa, llego hasta la Torre de ses Portes. Ahora ya no forma parte de sistema defensivo alguno, pero luce de forma estupenda. Desde allí se divisaban piratas hace algunos siglos, ahora se divisa naturaleza en invierno, y cuerpos bronceados, con biquinis o si ellos, en verano. Construida a mediados del siglo XVIII es una de las primeras que se construyeron en la isla. No sólo la torre se disfruta en esta parte de la isla. Poco más adelante, junto a la torre, a su pie, se encuentran varias casetas varadero. Unas casetas que en esta altura del año encuentro cerradas y sin visitantes. Mucho mejor, así puedo sentarme tranquilamente a contemplar el agua. Un agua de un color intenso, limpio y bonito. Cuando uno imagina un color del agua del mar precioso, es este azul el que se viene a la cabeza.

Mercadillos, paisaje ibicenco e iglesias fortaleza

Camino de sus discotecas más populares, mi destino me lleva a descubrir en Ibiza una arquitectura única, simple, funcional y no por ello falta de belleza. La sobriedad y el blanco impoluto destacan por encima de otras características. Unas casas payesas que hacen precioso el paisaje ibicenco, una arquitectura peculiar símbolo de la isla y que nos encontramos allá donde vamos.

Si hay edificaciones que destaquen sobre el resto, a parte de las viviendas tradicional, son las iglesias de Ibiza. Auténticas joyas. Construidas en su mayoría durante los siglos XIV y XVIII, son un claro ejemplo de funcionalidad y sencillez. Fueron construidas como fortalezas para defenderse de los ataques de piratas y de invasores, en ellas hay cabida de forma original para capillas, campanarios, presbiterios o muros. De un blanco puro, y con los únicos adornos de las tres cruces del calvario que lucen en su entrada, son edificios que se convirtieron en el centro de la vida de los aldeanos, siendo en la actualidad el lugar donde se celebran las fiestas patronales. Por separado maravillosas, en conjunto un legado arquitectónico único en el mundo. 

Si en los 60 y 70 la isla se fue convirtiendo poco a poco en un paraíso hippy (atraídos por el ambiente de libertad que se respiraba en Ibiza), con mercadillos en los que encontrar artesanía, bisutería o cerámica, a partir de los 80 llegan las macrodiscoteas, para más tarde dar la bienvenida al famoseo. Deportistas, cantantes, toreros y demás farándula se dan cita en la isla, en verano, claro, para disfrutar y dejarse ver. Lo que se pierden no visitando la isla en invierno. 

Uno de los mercadillos que se siguen celebrando semanalmente en la isla es de de las Dalias. Como casi todo en el mundo, seguramente ya no es lo que era, pero sigue teniendo un aire encantador y da gusto pasar unas horas recorriendo y charlando con las gentes de los puestos. Me detengo en uno de ellos, donde la dueña, Pia, me comenta que llegó de Holanda cuatro años atrás y se quedó atrapada por el ambiente de la isla. Una de las muchas personas que se quedaron prendadas con las Pitiusas y no pudieron abandonar la isla. 

Tradiciones en Santa Agnés

Discotecas, turistas estrafalarios, sustancias psicotropicas, peregrinos tecno, futbolistas bronceados, estrellas de rock bebiendo champán en zapatos de aguja, yates más grandes que la manga de un loden. Nada ha podido con las tradiciones en la isla. Si disfrutar la isla en invierno es una bendición, el hecho de poder asistir a las fiestas patronales de Santa Agnés, en un soleado día de enero, hace que mis días por la isla hayan sido maravillosos. Quizá por esa “invasión” extranjera, el isleño trata de aferrarse a sus tradiciones y sus costumbres. Y yo a ellos. 

El “ball pages” es la danza tradicional de la isla, y en ella están plasmados cientos de años de tradición. Quedo embobado con sus colores y movimientos frente de la iglesia de Santa Agnés. Qué bonitas son las fiestas patronales,  sobre todo si son en día de un cielo azul precioso. Unos bailes ancestrales en los que la mujer tiene un rol preponderante, luciendo sus trajes y joyas (“las emprendadas”) de oro, plata y coral. Unas auténticas obras de arte que lucen con orgullo. Durante el baile el hombre invita a bailar a la mujer, posiblemente como lo hiciera cientos de años atrás el hombre que buscada novia. 

La luz brillante y la pureza de su cielo que han visto diferentes pueblos durante cientos de años, me atrapa durante los días que paso por la isla. Unos días de invierno llenos de calma, belleza y tradición. Una calma que se perderá en cuanto llegue la primavera. 

Convento de clausura

Paso mis últimas horas en el Convento de ses Monges Tancades charlando con la madre superiora. Me comenta que tiene 81 años y que lleva ya 50 en la isla. Que son pocas las monjas, seis, y que cinco de ellas provienen de Filipinas. Que antes eran muchas más. Que utilizan internet para hablar con la familia y que rezan siete veces al día. Que salen a comprar y al médico. Que tienen teléfono y que se van adaptando a los nuevos tiempos. Que Ibiza ha cambiado desde que llegó, claro. Y que las fiestas y las discotecas de la isla  también son cosas de los tiempos, me dice con una sonrisa. Le digo que algún día volveré a seguir descubriendo sus maravillas, y que cuando vuelva iré a visitarla nuevamente. “No tarde mucho”, me suelta, “a lo mejor para cuando venga estoy en el cielo”…

Si tuviera que elegir un cielo, no puedo imaginar uno mejor que el de Ibiza. Sobre todo en invierno.