En el siglo IX  los chinos inventaron un instrumento de orientación que permitía ubicarse espacialmente: la brújula. En un principio utilizada para la navegación, se trata de una herramienta fundamental tanto  para exploradores como para excursionistas o marineros. Una rosa de los vientos, figura estrellada que marca los puntos cardinales, suele venir dibujada en muchas brújulas y mapas. Una rosa de los vientos aparece en el logotipo de San Cristóbal de la Laguna. 

Origen de San Cristóbal de La Laguna

A finales del siglo XV la Corona de Castilla conquistaría Tenerife. Las Islas Canarias eran un punto estratégico en la conexión marítima con América y con África.

Los guanches (descendientes de los beréberes) llevaban habitando en las islas unos 2000 años. La llegada de los castellanos arruinaría su vida. Las incursiones en las islas, que en un principio habían sido para proveerse de esclavos, terminaron en 1496.  Alonso Fernández de Lugo derrotaba la última resistencia guanche e incorporaba la isla de Tenerife a la Corona de Castilla. 

Antes de la conquista castellana la isla estaba dividida en demarcaciones, cada una tenía un jefe denominado mencey. Tras décadas de luchas, la batalla de Aguere (nombre que los aborígenes daban al lugar) será el momento definitivo en que los castellanos derrotarían a los pobladores canarios matando al mencey Bencomo (hay quien diga que el muerto sería el hermano). Era el día de San Cristóbal y levantaron una ermita en honor del santo. Santo que daría nombre a la ciudad.

Una vez terminaba la conquista, y no temiendo asedios, construyeron la ciudad sin murallas ni baluartes, lejos de la costa para evitar los ataques piratas.

Hasta el siglo XIX había una laguna (que da el “apellido” a San Cristóbal), un embalse natural que resultó decisivo a la hora de designar capital de la isla a la ciudad que allí se estableció. Un enclave con tierras fértiles para la agricultura y para alimentar tanto a humanos como al ganado. Poco a poco la laguna fue empequeñeciendo hasta que finalmente en el siglo XIX se desaguó.

Un puente entre dos mundos

San Cristóbal de la Laguna se trató de un caso original. Por primera vez se diseñaba una ciudad con instrumentos de navegación. Se trataba de concebir una ciudad a la medida del hombre, de la materialización de una nueva concepción filosófica, mucho más humanista. 

En La Laguna se siguió la ciudad ideal de Platón y el nuevo humanismo del Renacimiento, con las capillas exteriores (los dioses) situadas en la circunferencia exterior velando por la ciudad. Hay quien defiende que el diseño de la ciudad como un tablero de ajedrez está relacionado con el funcionamiento de los planetas y que tiene un aura mágica. 

Una ciudad que conectaría los dos mundos, el Viejo y el Nuevo, América y Europa, durante siglos. Modelo que luego sería copiado en otros lugares, sobre todo de América. Muchas ciudades americanas, tan importantes como La Habana, Cartagena de Indias o San Juan de Puerto Rico, reproducirían su diseño urbanístico. Es La Laguna un nexo entre dos culturas. Un puente que ha acercado dos mundos separados por miles de quilómetros. Ciudad que une dos orillas físicas, culturales y económicas.

Ciudad Patrimonio de la Humanidad

Sería nombrada Patrimonio de la Humanidad en 1999, para lo que se tuvo en cuenta el ser un ejemplo único de ciudad colonial sin amurallar con un diseño en cuadrícula y sirviendo de ejemplo en los trazados de muchas ciudades en América. 

Hasta el siglo XIX fue la capital (pasa a ser Santa Cruz) y el eje político, económico y cultural de la isla. La Laguna es además de Patrimonio de la Humanidad ciudad catedralicia, universitaria y episcopal. Tal vez menos conocida y visitada (al no estar en la península) que sus compañeras de grupo, La Laguna es única. Ni fortaleza, ni muralla, ni mezquitas ni templos romanos. Lo que hace de La Laguna especial es el trazado de sus calles.

Las ciudades medievales, con calles sinuosas, estrechas y laberínticas, dejaron paso a las ciudades renacentistas, muy diferentes. Las calles rectas, anchas y perpendiculares son el símbolo de San Cristóbal de la Laguna. Amplias arterias, distribuidas ordenadamente, que siguen principios filosóficos. Un trazado originario que se sigue conservando, lo mismo que muchos de sus edificios históricos.

Sigo el dibujo de sus calles en un viaje a un pasado muy presente en el que iglesias, palacios y conventos conviven con tiendas y restaurantes modernos. Un paseo por un esqueleto urbanístico que se mantiene prácticamente intacto como muestra un plano de la Laguna de 1588 en el que se observa la misma disposición de las calles que hay en la actualidad. Quinientos años poco han variado el diseño de la ciudad. Un trazado tan moderno que se conserva hasta nuestros días.

Pobladores y colonos

Los guanches, que estuvieron habitando la isla durante veinte siglos, desaparecieron. Los conquistadores, además de convertirlos a muchos en esclavos, llevaron nuevas costumbres y formas de vida, introduciendo así mismo enfermedades mortales para los aborígenes. Una suma de todo ello llevó a la desaparición de la sociedad guanche a partir del siglo XVII.

Al coincidir con el descubrimiento de América, la llegada de nuevos colonos a las islas fue lenta. Unos primeros pobladores que eran castellanos, gallegos y andaluces, pero también franceses, italianos y portugueses (mojo viene de la palabra portuguesa molho), familias judías expulsadas de la Península y africanos (llevados como esclavos). Una mezcla que será clave tanto en la cultura como en la gastronomía canaria.

La convivencia de diferentes culturas en las islas lleva produciéndose durante muchos siglos.

La Ciudad de los Adelantados (y de la Iglesia)

A San Cristóbal de La Laguna se la conoce también como “La ciudad de los Adelantados”. Un adelantado era un político de peso que en nombre de la corona realizaba una misión, en este caso la conquista de nuevos territorios. 

Figura clave será Alfonso Fernández de Lugo. Conquistó las islas de Tenerife y La Palma y fue el primer Adelantado de las Islas Canarias. Comerciante e hidalgo con ascendencia gallega y andaluza fue un personaje fundamental en los primeros años de la conquista y en la creación de San Cristóbal de La Laguna. Su huella no quedó sólo en la creación de la capital de la isla sino que gran parte de la ciudad tal cual era (y sigue siendo hoy en día) es resultado de sus decisiones. 

La Iglesia y el Adelantado tuvieron muchas disputas en la ciudad. Cuentan algunas crónicas que fruto de esa discordia es palpable en la calle obispo Rey Redondo, antigua calle Carrera. Al contrario de lo que sucede en el resto de la ciudad, está proyectada en curva. Se dice que fue idea de Fernández de Lugo para no ver la iglesia de la Concepcion desde su casa.

También hay quien diga que Fernández de Lugo fuese envenenado por sus propios hijos en 1535 para heredar el título de Adelantado. Envenenado o no, sus restos descansan eternamente en la Catedral de los Remedios. 

“Una calle larga y al fondo un cura con sotana y paraguas”

Considerada la capital cultural del archipiélago canario, es también una ciudad de gran tradición religiosa, siendo sede episcopal. Encontramos en sus calles numerosas iglesias y conventos. En el de Santa Catalina de Siena se dice que descansa el cuerpo incorrupto de Sor María de Jesús y cada 15 de febrero los fieles pueden visitarlo. 

Otros conventos destacados son los de San Juan Bautista, San Francisco o Santo Domingo de Guzmán, en cuya iglesia está enterrado el popular pirata Amaro de quién hablaremos más adelante. Todos ellos albergan obras de arte importantes y son joyas arquitectónicas. 

Unamuno resumió San Cristobal de La Laguna como la ciudad que era “una calle larga y al fondo un cura con sotana y paraguas”. Se resumía en la frase las características que mejor definían la ciudad: el trazado de sus calles, la presencia palpable de la religión y lo cotidiano de la lluvia. En mis visitas ni siquiera chispeó y por las largas calles sólo se ve pasear esporádicamente alguna monja. Ya no es lo que era hace un siglo.

Verode en los tejados y folclore 

Las calles de la Laguna nos muestran preciosos balcones y ventanales, muchos de ellos labrados en madera. Contemplamos y visitamos alegres palacios coloridos cargados de historia. Y entre todo ello, por resquicios imposibles de los tejados, apreciamos una preciosa sorpresa: los verodes.

Mirar hacia arriba siempre nos muestra una realidad que a veces pasamos por alto. En el caso de La Laguna lo que nos enseña es una planta endémica de Canarias que vive en muchos tejados de la ciudad. Al pasear por sus calles los verodes contemplan nuestros paseos, incluso en ocasiones nos susurran secretos de las casas en que habitan, sólo hay que poner un poco de atención.

Al verode, que ha permanecido durante siglos en la isla, el poeta Pedro García Cabrera le dedicó una parte de su poema sobre La Laguna:

“Yo me he subido hasta aquí,
yo, verode, a los tejados,

para poner a la altura
de la ciudad todo el campo”

Si el verode está presente por toda la ciudad, el folclore plasma una forma de entender no sólo la música sino la vida en general. Solamente en La Laguna hay más de 50 grupos folclóricos en sus barrios, pueblos y universidad. Entro todos ellos destaca el grupo de Los Sabandeños. Reconocibles por las mantas esperanceras que utilizan, comenzaron en 1966 en el ambiente universitario de La Laguna y han llevado la música canaria por el mundo entero. Tanta relevancia tienen en La Laguna que hay incluso un museo dedicado a ellos.

Fantasmas en palacio

Al recorrer La Laguna observamos que muchas edificaciones son de color rojizo. Este color es debido a las piedras que se utilizaron en la construcción, de origen volcánico (como la Casa del Corregidor y ventanas de la Casa de los Capitanes Generales). 

Una de las calles mejor conservadas de la ciudad es la de San Agustín. Era la calle comercial más importante de la ciudad. En ella se ubican varios palacios, destacando el colorido Casa-Palacio Lercaro, hoy Museo de Antropología e Historia.

En apariencia igual a muchos otros, nada extraño se intuye, pero en el palacio de Lercaro, en plena noche, puede verse un espectro. La familia Lercaro eran prósperos comerciantes genoveses que se asentaron en las islas tras la conquista. La hija Catalina iba a ser casada, contra su deseo, con un acaudalado señor bastante más mayor que ella. Llegado el día de la boda, y para no tener que contraer matrimonio, la dicha Catalina decidió quitarse la vida arrojándose al pozo que hay en el patio del palacio. Desde entonces son muchas las personas que se ha encontrado, o han escuchado, el fantasma de la susodicha deambulando por los pasillos. No sólo su alma sino que sus restos mortales también pudieran encontrarse allí. Al haberse suicidado posiblemente fuese enterrada en la casa ya que la iglesia se opuso a que recibiera cristiana sepultura. 

Jesuitas, piratas y un esclavo

De La Laguna es originario un misionero jesuita, más tarde santo, que sería el fundador de las ciudades brasileñas de Sao Paulo y Río de Janeiro. José de Anchieta nacido en 1534 en la antigua capital de la isla, fue bautizado en la catedral. Pasaría su infancia en la ciudad, en una casa de arquitectura colonial que todavía se puede ver en la ciudad. 

En Brasil se dedicó a la formación humana y cristiana de indígenas. Beatificado por el Papa Juan Pablo II en 1980 y canonizado por el papa Francisco en 2014. Entre otras obras destacadas, fue el primero en realizar una gramática indígena y escribir en dicha lengua un catecismo. Pocos conocían el Brasil del siglo XVI como él. Además de misionero jesuita fue gramático,  lingüista y escritor.

Amaro Pargo era el nombre como se conocía al corsario Amaro Rodriguéz Felipe. Personaje controvertido nacido en La Laguna y ferviente católico. Las (malas) lenguas dicen que se enamoró y que tuvo una relación sentimental con la monja que era su consejera, Sor María de Jesús. Desde joven se hizo a la mar y a lo largo de su vida acumuló una gran fortuna que incluía barcos que comerciaban con América, tierras y casas.

Su leyenda es tal que que protagoniza un video juego sobre la edad de oro de los piratas. La empresa de dicho juego financió la exhumación de los restos de Amaro Pargo para hacer un estudio del popular personaje enterrado en la cripta de la iglesia de Santo Domingo de Guzmán. Entre otras cosas se descubrió que estaba sepultado con sus padres y con su esclavo, Cristóbal Linche. Para unos un simple pirata, para otros un benefactor de los más necesitados. Para algunos otros un próspero comerciante. Seguramente fuese todo ello.

Mientras paro en una terraza a ver la gente pasar, pienso en los viajes a América hace quinientos años, en el Brasil del padre Anchieta, en el pirata Pargo y su peculiar vida, y en qué sería si los guanches todavía habitasen en la isla. Ellos ya no están pero en Canarias todavía siguen llamando a los hijos con sus nombres: Yaiza, Isora, Yumara, Aray, Yeray, Ayoze o Guacimara. Nombres cargados de historia que escucho durante mis días en Tenerife y que al oírlos me parecen los más bonitos del mundo.