La Segunda Guerra Púnica, entre Roma y Cartago, se extendió por todo el Mediterráneo. Publio Cornelio Escipión (cónsul romano, padre de Escipión el Africano) envió a su hermano Cneo a luchar contra los cartagineses en Hispania. Desembarcaría éste en Ampurias en 218 aC al mando de sesenta naves y dos legiones, estableciendo un campamento militar. Más tarde, llegará su propio hermano y juntos derrotarán a las tropas cartaginesas en las proximidades de Tarragona, la antigua Tarraco romana. 

La llegada de los romanos

Desde el siglo V existía ya un poblado ibérico aunque será con los romanos cuando Tarragona entrará en la historia por la puerta grande. La guarnición de Escipión pasó de un pequeño asentamiento a la que sería la principal base militar de Hispania. A partir de Tarraco los romanos conquistarían la península, siendo uno de los principales focos no sólo militar, sino político y cultural de la Península. 

Tras Escipión, y su asentamiento militar, llegarán comerciantes y ciudadanos romanos. Una nueva tierra de oportunidades. Durante el siglo II adC se estructura lo que será la ciudad, construyéndose la muralla defensiva romana. Para descubrirla salgo por la Puerta de Pallol y camino junto a la parte que todavía se conserva de la muralla original, apreciando sus lienzos, las casas adosadas a la muralla o las tres torres que aun se mantienen en pie. 

Poco a poco la ciudad iría ganando en población y en importancia. A mediados del siglo I aC recibiría el título de colonia de las manos, ni más ni menos, que de Julio César (“Colonia Iulia Urbs Trimphalis Tarraconensis” fue el título concedido por la lealtad de los tarraconenses en la guerra civil contra Pompeo). Dos décadas más tarde sería el emperador Augusto quién residiría en Tarraco (entre 26 y 27 aC). Son años en los que la ciudad adquiere mayor relevancia debido a la presencia imperial. Motivado por las guerras contra cántabros y astures, por vez primera el emperador dirigía el Imperio desde fuera de Roma. 

Tarraco en el siglo II 

Después de situarnos en la historia llega el tiempo de recorrer la ciudad. Descubrirla caminando es el mejor medio de disfrutar, imaginar y sentir su pasado. Una visita a la Maqueta de Tarraco (representada en el momento de máximo esplendor romano en la ciudad, el siglo II dC) nos ofrece una perspectiva general de cómo sería. No hay mejor forma de comenzar nuestro periplo por Tarragona que imaginarla en tiempos romanos mientras observamos lo que sería la ciudad en miniatura. 

En los siglos I y II dC Tarraco se convierte en la capital de provincia de la Hispania Citerior (la mayor del imperio). Siglos en los que la ciudad se amplía, se levantan innumerables monumentos, se construyen las termas, el anfiteatro o el circo. Casi dos mil años después, seguimos caminando y maravillándonos con los monumentos que los romanos nos han legado en Tarragona. Un conjunto arquitectónico que nos lleva al pasado pero a un pasado muy presente en la ciudad. Un momento histórico que moldeará lo que hoy es Tarragona. 

La cantidad, y calidad, de los restos romanos hicieron que la UNESCO nombrase Tarragona Ciudad Patrimonio de la Humanidad en el año 2000. Consideraron que se trata de un testimonio romano único en el Mediterráneo, siendo Tarraco un modelo a seguir en otras capitales de provincia del Imperio Romano. Los restos romanos están a cada paso,  incluso encontramos bóvedas del circo romano en edificios del centro en restaurantes, plazas o viviendas. Una huella romana muy presente en el día a día de los habitantes del siglo XXI. Un centro histórico que no me canso de recorrer a diferentes horas del día. Las ciudades, sus calles y edificios aunque parezcan los mismos, lucen muy diferentes según en qué día y a qué hora los observemos. 

Vista al Mediterráneo y espectáculos romanos 

El plan urbanístico se adaptó a la colina, realizando terrazas artificiales, descendiendo desde lo más alto hasta el nivel del mar. Servía además de vigilancia sobre quién se acercaba a la ciudad por el Mediterráneo. Disponía el enclave de una situación estratégica envidiable en lo alto de la colina ayudando a la defensa la población. Al divisar Tarraco desde el mar, los visitantes quedarán impresionados por la elevada ciudad portuaria. Majestuosa en lo alto de la ladera. 

En mi caminar bajo hasta la plaza del Foro, con sus bares y restaurantes. Plaza que alberga un elemento contundente de la presencia romana, un gran bloque de piedra. Tan integrado está que sólo los visitantes reparamos en él en nuestro transitar. Después de contemplarlo durante algunos minutos, continúo descendiendo hacia el mar hasta lo que serían los tres edificios que se destinaban al espectáculo en tiempos romanos: el teatro, el anfiteatro y el circo. 

Las carreras de caballos (vigas o cuadrigas dependiendo se eran 2 o 4 caballos) se disputaban en el circo. Un circo de Tarragona que se encuentra en un gran estado de preservación (una parte importante está oculta sobre edificios construidos en el siglo XIX). Posiblemente construido en tiempos de Domiciano y en funcionamiento hasta el siglo V. En el circo se celebraban los espectáculos más populares del mundo romano pudiendo acoger el de Tarraco unas 25000 personas, siendo uno de los más grandes de la época. Imaginando carreras de cuadrigas subo a la Torre del Pretorio, en el interior del circo, desde donde contemplo unas vistas admirables. 

El monumento más característico, la joya de la corona de Tarragona, es su anfiteatro. Lugar donde se realizaban combates de gladiadores y luchas de fieras con capacidad para unas 14000 almas. Levantado a la orilla del mar ofrece una panorámica increíble y nos permite ver tanto el Mediterráneo como una parte de la ciudad. Al contrario que en otro lugares, el anfiteatro de Tarraco fue construido fuera de las murallas. El emplazamiento sería escogido debido a la facilidad para la descarga de los animales que serían utilizados en los espectáculos de fieras, además de estar ya el espacio muy limitado en el interior de la ciudad amurallada. 

El anfiteatro tendría, con el paso del tiempo, otros usos. En épocas se utilizó como espacio de culto cristiano y otras veces como prisión. En el año 259 se había producido la persecución y asesinato del obispo Fructuoso y de sus diáconos Augurio y Eulogio. El martirio se produjo donde antes se habían celebrado luchas de gladiadores. En su honor se levantó una basílica visigoda a finales del siglo VI. 

En época de Augusto sería cuando se construyese el teatro (el primero de los tres edificios de espectáculos construidos en la ciudad). Un teatro donde se realizaban los espectáculos escénicos. Si bien está deteriorado por el paso del tiempo, todavía conserva restos de lo que serían las tres partes principales: cavea (gradería), orchestra (hemiciclo al pie de la gradería) y scaena (el espacio escénico). 

El Puente del Diablo

El centro de la vida ciudadana en Tarraco se producía en el foro. Alrededor de la plaza se levantaban los principales edificios de la ciudad como templos o tiendas. Hoy nos quedan los restos de la basílica como recuerdo. Un recuerdo plasmado en las columnas, las estatuas o las cisternas donde se almacenaban el vino y el aceite. 

En las afueras de Tarragona, y tras un breve trayecto de autobús y una corta caminada, me planto frente a uno de los dos acueductos que había en la época romana. Conocido como Puente del Diablo (o acueducto de Les Ferreres), fue construido en el siglo I para abastecer de agua a una población en aumento. Casi 2000 años después no sólo sigue en pie, sino que luce espléndidamente. Se trata de un tramo impresionante que muestra de forma espectacular sus algo más de 200 metros de largo y 26 de alto. Una impacto visual que contemplo únicamente desde el valle, mis problemillas con las alturas me impiden disfrutar el camino que alegremente otros visitantes realizan por el curso que en su época llevaría el agua en su trayecto hasta Tarraco. 

Volveré a salir de la ciudad caminando, pero eso será el último día. A pocos quilómetros a pie llegaré hasta la Torre de los Escipiones del siglo I. Una torre funeraria que se pensó fuese para los hermanos Escipión. Parece ser que fue un engaño y no serán ellos los que descansen eternamente en el lugar. Poco importa, la torre ha aguantado en pie siglos, y ahora no es tiempo de cambiar el nombre. El paseo hasta el monumento servirá para despedirme de la ciudad, de sus restos romanos y para descubrir algunas de las preciosas playas de las que disfruta Tarragona en sus alrededores. Caminar siempre tiene sus gratas recompensas. 

El balcón y la catedral

No sólo de ecos romanos vive Tarragona. Su catedral (comenzada a construirse en el siglo XII) situada en la parte alta de la ciudad es de una belleza única. Levantada en el lugar que ocupaba un antiguo templo romano, su fachada es simplemente espectacular. El claustro, los jardines y el retablo dedicado a la patrona de la ciudad, Santa Tecla, hacen la visita al templo cristiano muy placentera. 

Mi tiempo en Tarragona coincide con una parte de la plaza de la catedral en obras. Unas ventanas góticas y renacentistas que conviven con el andamio. El andamio pocas veces favorece y casi nunca es bonito. Aun así, me sigue pareciendo éste un rincón lleno de belleza. Una plaza con edificios con historia, y con historias. Sería en el palacio Cambrería (Casa Balcells) donde los reyes se alojaban en sus visitas a la ciudad, y el lugar donde pasaría los últimos momentos de su vida la madre de Fernando el Católico. 

Si las ruinas romanas son el atractivo principal de la ciudad, posiblemente su lugar más visitado sea el denominado “Balcón del Mediterráneo” (comentan que tocar sus hierros trae suerte). Lugar que nos permite ver el mar y las playas de forma privilegiada. Mirando el agua quedo atrapado con la vista perdida en el infinito del Mediterráneo imaginando la llegada de Escipión con sus naves y legiones. 

 

El Serrallo, barrio de pescadores

No todo es historia, ni ruinas, ni Roma, ni modernismo. La visita a Tarragona no está completa sin acercarse hasta el barrio marinero de la ciudad, El Serrallo. Para degustar sus pescados y mariscos, y para pasear por sus estrechas calles llenas de encanto. Un encanto de antaño que seguramente no sea lo que fue. No importa, sigue siendo un barrio pintoresco con una personalidad propia dentro de la ciudad. 

Recorro en Tarragona unas calles que transitaron iberos, romanos, musulmanes, cristianos, judíos (aun se conserva en el centro histórico parte de la judería)…y que de todos ellos guarda memorias. Un recuerdo que comparte espacio con los edificios modernistas de la ciudad que encontramos a poca distancia. Las ruinas romanas y el modernismo dan un toque especial, hacen de Tarragona una ciudad moderna eminentemente antigua. Una mezcla que en la antigua Tarraco para nada es caótica. Una pequeña Roma con toques gaudianos. El pan y circo con aroma mediterráneo. 

En mi despedida de la ciudad recuerdo lo comentado en su época por Publius Annius Florus refiriéndose a Tarraco, “si las hadas me niegan a Roma como patria, que al menos me sea permitido quedarme aquí”. No será por ganas pero uno no puede quedarse a vivir en todos los sitios que desearía.