Corría el año 829 y, según la leyenda, el ermitaño Pelayo (o Paio) encuentra un extraño sepulcro en un remoto lugar de Galicia. Comunica el sorprendente hallazgo al obispo Teodomiro. Éste le hace llegar la información al rey Alfonso II el Casto, quien decide ir personalmente a comprobar tal descubrimiento. 

Algunos estudiosos afirman que una vez fue decapitado en Jerusalem por Herodes, el Apóstol Santiago fue transportado por mar hasta el lugar en donde se ubicaría hoy. Era el año 43 de nuestra era. Ocho siglos más tarde se encontraría su sepulcro. 

Desde la corte en Oviedo, el rey de Asturias se dirige con su séquito a Compostela a visitar la tumba recién descubierta. Un camino recorrido por el monarca que con el paso de los siglos será transitado por muchos peregrinos.  Podemos considerar al rey astur como el primero de ellos, siendo el trayecto que recorrió el denominado Camino Primitivo, el más antiguo de todos los que llegan a Santiago de Compostela. 

El nombre de Compostela

La tumba del apóstol se encontraba en un cementerio abandonado, lugar en el que se construirá una ermita. Un enterramiento y un templo a los que se fueron añadiendo pequeños asentamientos con el paso del tiempo. El sepulcro se convertiría en lugar de peregrinaje y el número de visitantes fue en aumento. Una iglesia románica más tarde sustituiría a la ermita, para finalmente dar paso a la catedral que contemplamos hoy. Estamos en el año 1075 y,  desde entonces, se han sucedido las ampliaciones y remodelaciones, mezclándose en su construcción varios estilos.

El nombre de Compostela, a través de una leyenda, se pensó que podría estar asociado a la lluvia de estrellas (Campus Stellae) que guiaría al ermitaño llevándole hasta el lugar donde se encontraba el sepulcro del apóstol Santiago. Una historia atractiva pero que pocos estudiosos comparten al no tener fundamentos históricos ni científicos. Otros investigadores, por su parte, han asociado el nombre de Compostela al de cementerio (“composta”). De las diversas propuestas sobre el origen del nombre, parece que  la que más aceptación tiene es aquella que relaciona Compostela con “tierra bien compuesta o hermosa”. Belleza al lugar sin duda no le falta. 

El juego de la oca, templarios y guías de viaje

Si bien Alfonso II sería la primera persona que realizara el trayecto, hay quien le otorga el honor de ser el primer peregrino al arzobispo de Le Puy, Gotescalco. El religioso realizaría el recorrido en el año 950, abriendo un camino  que después sería muy popular entre los peregrinos. Lo que es seguro es que ninguno de los dos llegaría a Santiago con una guía de viajes.

Inexistentes en la época, hoy hay cientos de libros sobre el Camino de Santiago. En todas las lenguas imaginables. De todos los tamaños. Sería el papa Calixto II quien escribiría (al menos comenzaría) el Códice Calixtino, donde encontramos la primera guía de viajes. Se trata del quinto libro, en el que se habla de la ruta del Camino Francés, comentando las costumbres de cada lugar, aconsejando al peregrino o describiendo las obras de arte que se encuentran en el camino, además de señalar aquello que el peregrino no se puede perder. Bien podría ser este el origen de las populares guías del Planeta Solitario.

Hay quien relaciona el juego de la oca con el Camino de Santiago, y con los caballeros templarios. El tablero se trataría de una guía encriptada, llena de símbolos. Los puentes, ocas, cárceles o posadas serían claves enigmáticas que aquellos iniciados de la orden sabrían interpretar. En este caso, cada etapa del Camino sería una casilla, y la oca sería la evolución del peregrino hasta alcanzar la sabiduría.

Un juego de la oca que se instauró en el momento que Francisco de Médicis le regala un ejemplar a Felipe II, popularizándose en la Europa de la época. 

Diego Gelmírez, impulsor de la ciudad

Corrían los siglos XI y XII cuando se comenzó a impulsar no sólo la Catedral de Santiago, sino una de las ruta más importante de peregrinación en el mundo. Pasados muchos siglos la Ruta Jacobea, lejos de disminuir su popularidad, ha ido ganando en afluencia. El primer Año Santo Jacobo (años en los que el 25 de julio es domingo) se remonta a 1126, y en estos nueve siglos de existencia el interés mundial por la ruta, y la afluencia de peregrinos, no han hecho más que aumentar.

Poco le importa a quién se acerca hasta allí, después de varios días, semanas o meses de camino, que los restos mortales de Santiago el Mayor descansen bajo la catedral o no. Puede que algunas fechas no cuadren pero no importa, la fe y el esfuerzo son algo mucho más importante que unos huesos, unas fechas, unos estudios o un posible montaje. Sucedió hace siglos y no es momento de ponerse quisquillosos. Ya ha llovido mucho, sobre todo en Santiago, desde que el papa Calixto II otorgara el perdón de los pecados a los peregrinos que recorrieran el camino hasta la tumba del apóstol.

Una persona resultó crucial en la gestación y promoción de Santiago de Compostela como ciudad y como lugar de peregrinación (a la altura de Jerusalem y Roma, que ya es decir). Una persona no muy conocida pero sin la cual posiblemente ni la ciudad ni la ruta serían lo mismo. Diego Gelmírez, primer arzobispo de Santiago de Compostela y persona controvertida. 

Hay quien vio en él a un político antes que a un religioso. Hay quien le acuse incluso de robar reliquias de otras catedrales. Lo cierto es que fue un viajero incansable, gran observador y hombre de su época, el gran olvidado y responsable de que cientos de miles de personas cada año se acerquen hasta Santiago de Compostela. Su labor resultó crucial en la construcción de iglesias, la apertura de nuevas calles, la conducción de las aguas o en la creación de fuentes. Un gran impulsor de la ciudad en todos sus aspectos.

La catedral y el botafumeiro

La catedral, con restos del apóstol o sin ellos, es una joya. Sin estilo definido, es al mismo tiempo románica, gótica, barroca, plateresca y neoclásica. Imagino que más bonita sin andamios, pero aun con ellos, espectacular. Me comentan que su vista en la lejanía ofrece una nueva panorámica, así que al atardecer me acerco hasta el Parque de la Alameda. Camino en busca de algún mirador y allí la descubro en la distancia: imponente, sabiéndose el símbolo de la ciudad, observada. Una vista preciosa.

Si la catedral es el edificio más ilustre de la ciudad, el botafumeiro es el incensario más famoso del mundo. Su función no era baladí. El aroma de los peregrinos después de días, semanas e incluso meses de caminar, debía dejar un tanto cargado el ambiente dentro del templo. Mediante el movimiento balanceado del botafumeiro (necesita de 8 hombres -tiraboleiros- para mediante un complejo sistema de poleas mover sus 53 quilos de peso), se “perfumaba” el local camuflando los fuertes olores que desprendía la multitud. Todo un espectáculo verlo en acción.

 

Funciona 12 veces al año (incluyendo los dias de Navidad, la Inmaculada Concepcion o la Epifanía del Señor). Fuera de esas fechas también se puede ver en cualquier domingo del año si es Año Santo Compostelano. Además, los fieles o peregrinos que lo deseen, y tras pagar unos cientos de euros (unos 450), pueden hacerlo funcionar en cualquier misa. Además de concienciar (que es el objetivo) de que se trata de una ofrenda y no un espectáculo, se recaudan unos dineros.

Santiago de Compostela y sus plazas

Vivir en Santiago hoy debe ser una delicia, hacerlo en el siglo X además te concedía la condición de “hombre libre”. Un privilegio otorgado por el rey Ordoño II en 915 a aquellos que viviesen en la ciudad.

Santiago es de esas ciudades que según voy descubriendo más me maravillan. Es una sucesión sin fin de monumentos, como si se tratase de una escultura en piedra toda ella. Sus calles, aunque desconozcas a dónde, siempre te llevan a algún sitio, por lo general a lugares preciosos. 

Maravillosas son sus plazas, como la del Obradoiro, una de las más bonitas del mundo, y las de Quintana o Platerías, que de día o de noche transmiten no sólo belleza, sino esa historia que han ido acumulando durante siglos. Una historia que han llevado hasta Santiago desde la Edad Media millones de peregrinos desde todos los rincones del planeta. Unos peregrinos que han dejado su poso en cada rincón de la ciudad. 

Habitado ya por el pueblo celta y por romanos, sería en el siglo IX cuando Santiago comienza a ser la ciudad que hoy conocemos. Una de esas ciudades legendarias, armónica y homogénea en el que el conjunto histórico forma un todo difícilmente igualable en belleza e historia.

La Plaza del Obradoiro es la más importante de Santiago. Un nombre, “obradoiro”, que podría proceder de los talleres de canteros que hubo allí instalados mientras se construía la catedral. Una catedral que domina la plaza y que recibe a los peregrinos que allí terminan su Camino. 

Figura en la plaza, de una forma u otra, casi toda la vida de la ciudad. Además de la impresionante catedral, encontramos allí el Hospital de los Reyes Católicos, mandado construir por los monarcas para atender a los peregrinos que lo necesitasen. Hoy su función es diferente (Parador de Turismo) pero la belleza se mantiene inalterable. Se sitúan asimismo en la plaza el colegio San Xerome, sede del rectorado de la universidad, y el Palacio de Raxoi, actual ayuntamiento de Santiago. En una misma plaza vemos representadas la religión, la educación (universitaria), la atención al peregrino/viajero y la administración política. 

Muy cerca, en la monumental Plaza de la Quintana (antiguo cementerio de la ciudad), sale por la noche el fantasma de un clérigo de la catedral. El religioso, enamorado de una monja de un convento colindante, planeó fugarse con ella haciéndose pasar por peregrinos. Ella, que en un principio parecía gustar de la idea, nunca apareció. El desolado amante sale cada noche con sus ropas de peregrino esperando que ella, por fin, aparezca. Es fácil encontrarse con él ya que siempre se aparece en el mismo lugar.

Calles, bares y cultura en Santiago

Peregrinos y no peregrinos, locales y forasteros, se dan cita en la calle Franco, famosa por sus bares, tabernas y restaurantes. Un nombre que no está ligado al antiguo dictador sátrapa sino que fue un homenaje al Camino Francés. Sería en esta zona donde muchos mercaderes franceses se instalarían para atender a los peregrinos que llegaban a Santiago. 

Calle Franco que hará las delicias de quien la visite, sin embargo las veces que ido a Santiago he preferido disfrutar (por recomendación de las gentes del lugar) de sus vinos y tapas en la calle Raiña, muy próxima, donde se encuentran bares emblemáticos como el Orense, el Ourella o el Trafalgar. Los parroquianos son, en su mayoría, vecinos del lugar. Gente que sigue disfrutando su vino de forma apacible en alguno de los varios bares que hay en la calle. Lo peor, como siempre me pasa en estos casos, es que hay una gran posibilidad de despistarme, de querer disfrutar de todos y terminar con un ligero contento, que resulta no ser tan ligero.

No todo en Santiago son bares, iglesias, palacios, monasterios, sepulcros, bibliotecas centenarias, pazos, colegiatas o plazas. No todo es piedra y monumentos históricos. Desde hace años la ciudad trata de renovarse,  conviviendo con sus edificios medievales más emblemáticos, algunos más modernos.

Alberga Santiago el Auditorio de Galicia, la impresionante Biblioteca Pública Ánxel Casal, y sobre todo, la espectacular, controvertida y todavía sin terminar (al menos durante mis visitas), Ciudad de la Cultura. Por unas razones u otras, uno de los símbolos de la ciudad.

Otro símbolo de la ciudad, en este caso de la literatura, es la escritora gallega más popular, Rosalía de Castro (24 de febrero de 1837-15 de julio 1885). Nacida y enterrada en Santiago de Compostela, se trata del máximo exponente de las letras gallegas. Escribió en su lengua materna tanto poesía como novelas, siendo reconocida como una de las figuras imprescindibles de la literatura española.

Sigo mis paseos sin rumbo y llego hasta una de las construcciones más asombrosas de la ciudad. En el Museo do Pobo Galego encuentro una escalera de caracol admirable. Se trata de una escalera helicoidal construida con gran técnica y virtuosismo por Domingo de Andrade. En un mismo hueco convergen tres rampas que son independientes y que conducen a diferentes pisos. Sin duda uno de los elementos arquitectónicos más originales de Santiago.  

Una ciudad Patrimonio de la Humanidad

A Santiago dirigimos los pasos los creyentes y los que no creemos, buscando los restos del Apóstol, a nosotros mismos, o dejándonos llevar sin buscar nada. Capital de Galicia y bañada por el los aires del Atlántico, a poco menos de cien quilómetros se encuentra Finisterre, el final de lo que era la tierra conocida. Es según la UNESCO un paradigma de ciudad universal, no sólo meta de peregrinación religiosa. En 1985 es declarada Patrimonio de la Humanidad, teniendo en consideración tanto el patrimonio histórico como la importancia cultural y espiritual que tuvo en la Edad Media,

Santiago no sería lo que es sin los caminos que llevan hasta la ciudad. A Roma deben llevar todos los caminos pero a Santiago de Compostela llegan los más interesantes. Los peregrinos ya no vamos sólo por motivos religiosos, sino también culturales, para cumplir promesas, o simplemente por hacer ejercicio.

Acostumbrada a recibir visitantes durante siglos, Santiago de Compostela nos recibe a los que allí llegamos con hospitalidad y los brazos abiertos. A Santiago se llega andando, y a pie se recorren sus tesoros. Lugar donde el caminante cobra protagonismo y el forastero es uno más. Siglos recibiendo peregrinos, y el haber sido (y ser) un centro universitario relevante, han hecho de ella una ciudad abierta y cosmopolita, un lugar de encuentro. Final del camino para unos, comienzo para muchos otros.