Llegar al que sería mi alojamiento por caminos empedrados, cansado y sin orientación alguna otorga al viaje un punto más de interés. Lo mismo que el preguntar a las señoras que me cruzo al pasar, no enterarme de nada y sentirme un poco perdido. Lo peor es que mientras intento averiguar dónde está la casa de Ana, encima de mi cabeza cuelga un cartel donde dice Anna Guest House. Cosas del cansancio y del despiste, que de ambos puedo presumir. El despiste es crónico y el cansancio viene y va. Por primera vez desde que llegué a Albania, me había encontrado con un extranjero (como yo) viajando en autobús o furgoneta. Pero claro, Berat no es una ciudad cualquiera, es una de las más bonitas (y turísticas) del país de las águilas. Me cautiva desde que llego. Hay visitantes pero no tantos como esperaba, y los que hay no rompemos la magia de la ciudad ni ese aroma a tranquilidad y encanto que se respira. Para compensar, durante mis días por la ciudad, la lluvia decide acompañarme. Poco me importa, además los empedrados con lluvia ganan en belleza y misterio.

La primera tarde en la ciudad decido salir de ella, sin haberla recorrido y sin haberme empapado un poco siquiera. Había quedado con Markis para hacer una visita  a túneles excavados durante la época de paranoia del líder comunista Enver Hoxa. Los hay de todos los tamaños e incluso preparados para un ataque nuclear. Qué cosas. Que un guía local te explique de forma apasionada la historia reciente de su país y de su ciudad, te cuente leyendas, y lo haga de forma relajada y pausada, disfrutando las palabras y el paisaje, es más que enriquecedor.

Me cuenta Makis que cuenta la leyenda como dos hermanos, valientes y bondadosos, Tomor y Shpirag, se enamoran de la misma mujer, la bellísima Osum, sin ser conscientes de que el otro sentía lo mismo. Mantienen su amor en secreto durante un tiempo. A ambos quería Osum y con ambos se reunía. Un día Tomor llega a saber de los encuentros entre su amada y su hermano, lleno de dolor le pide que deje de verla pero Shpirag se niega, negativa que hace que los hermanos comiencen una lucha entre ellos. Uno, Tomor, lucha con espada y produce cortes a su hermano y contrincante, mientras que el otro, Shpirag hace lo propio con un cañón, provocando agujeros en su rival. Osum, enterada de la tragedia comenzó a llorar desconsoladamente. Así hoy, sobre todo desde la fortaleza de Berat, podemos observar los montes Tomor y Shpirag a los lados de la ciudad, uno lleno de agujeros y el otro cubierto de cicatrices, creados por la lucha entre los dos hermanos. El río Osum, nacido de las lágrimas de la amada de los hermanos y de quien toma su nombre, lleva su cauce en medio de las dos grandes montañas. Todavía hoy la desdichada Osum continúa llorando y sus lágrimas proveen de caudal al río.

Hay en Berat tres barrios tradicionales, cada uno con sus características distintivas y su belleza. Los más transitados y populares son Magalem (barrio musulmán situado bajo la ciudadela) y Kalajë (el barrio de la ciudadela,  habitado en la actualidad al igual que siglos atrás) a un lado del río, y Gorica, en la otra orilla. Aunque hay quien no lo comparte, parece que el nombre de Berat proviene de berat (decreto en turco) y tendría su significado por el estatus de inmunidad que alcanzó la ciudad en tiempos otomanos. De forma más poética se la conoce también como “La Ciudad de las Mil Ventanas” y ya en 1961, el gobierno la consideró ciudad-museo a lo que habría que añadir el reconocimiento de la UNESCO como Ciudad Patrimonio de la Humanidad en 2008.

Subo a la ciudadela en un placentero paseo de una media hora. No es fácil pasear por el empedrado cuando uno está acostumbrado al cemento, pero termina uno no sólo por acostumbrarse sino por disfrutarlo. La fortaleza-castillo es diferente a todas las que haya visto antes. De un tamaño considerable para alojar un barrio incluso un pueblo entero, sigue teniendo vida. Parece que se trata de la ciudad más antigua de Albania y aunque sus orígenes se remontarán más allá en el tiempo lo que es seguro es que ya la habitaron los ilirios en el siglo IV a.C. Después llegarían los bizantinos, búlgaros, serbios y otomanos para hacerse con la ciudad y dejar su impronta. Poco queda del esplendor pasado en la ciudadela pero se intuye al transitar por las ruinas de lo que fueron su cisterna, las mezquitas (la mezquita roja del siglo XV y de la que apenas quedan restos y la mezquita blanca también del siglo XV) y las iglesias ortodoxas (llegó a haber 32 en la Edad Media). Pasear por la fortaleza da una idea de lo que llegó a ser el lugar, sus restos nos ofrecen un recorrido por la historia y su altura nos ofrece unas vistas espectaculares desde cualquiera de sus miradores.

Desde lo alto o perdido entre sus calles y callejuelas, disfruto de mi tiempo por la ciudad de las mil ventanas. Y para verlas de cerca no hay mejor cosas que perderse por el barrio musulmán de Mangalem, visitar alguna de sus tres mezquitas (entre las que destaca la del Sultán, una de las más antiguas de Albania) y quedarse anonadado con su impresionante techo tallado en el Tekke Helveti de la secta islámica de los bektasi. Pocos barrios encontramos como Mangalem, con sus cuestas, sus calles estrechas y su empedrado. Puede que no sea el barrio más cómodo del mundo para habitar pero se compensa con una belleza arquitectónica única.

Berat, con su original arquitectura otomana, con sus barrios con encanto, y sus historias cautivadoras, no deja indiferente, muy al contrario, enamora. Ciudad que ha sido lugar de convivencia de diferentes comunidades culturales y religiosas, quedando la impronta de dicha diversidad no sólo en la arquitectura de la ciudad (una de las más antiguas de Albania) sino también en su alma. Berat representa una forma de vida que está prácticamente desaparecida hoy en día. Una ciudad fortificada, rodeada por cuatro montañas, pero al mismo tiempo una ciudad muy abierta y tolerante. Una ciudad que me cautiva desde el primer momento que la piso.