El clan de los Liu provenía de Fujian, instalándose en la zona en el siglo XVI. Poco a poco los asentamientos se fueron haciendo más grandes y el clan se fue enriqueciendo hasta llegar a formar lo que hoy día es Sheung Shui. Un clan cuyos miembros, parece ser, poseían una predisposición elevada para el estudio, siendo más de cuarenta personas de los Liu las que pasaron los Exámenes del Servicio Civil Imperial. Muchos funcionarios tratándose de un lugar tan pequeño. Motivo de orgullo para el clan, como motivo de orgullo para Sheung Shui es la sala del clan de Liu Man Shek. Una joya en el barrio.

Man Shek o los “10000 shi

El muro y el foso que rodean la villa se construyeron a mediados del siglo XVII. Más de tres siglos después, al caminar por la zona, y mientras atravieso sus callejuelas y pasadizos, todavía los contemplo. Allí sigue también, luciendo espléndida, la sala ancestral Liu Man Shek Tong, escondida del camino principal para protegerla de los malos espíritus. El nombre de Man Shek vendría a significar “10000 chi (cantidad de grano al año)”. El nombre tiene su origen cientos de años atrás cuando Liu Kong y sus cuatro hijos, durante la dinastía de los Song, tuvieron altos cargos y cada uno ganaba 2000 shi de grano, lo que hacía un total, sumando los cinco componentes, de 10000. Construido a mediados del siglo XVIII, la sala del clan fue también utilizada durante 50 años como colegio, función que terminó en 1985. Hoy en día sigue siendo uno de las construcciones más emblemáticas de la zona.

En el siglo XVIII los Liu eran una clan próspero y rico, época en la que construyen el principal sala ancestral del lugar. Edificio típico con tres pabellones y dos patios, decorado con mucho esmero. Desde el tejado hasta las columnas se aprecia un trabajo realizado al detalle. Encontramos molduras de yeso, tallas de madera  (según afirman de las más valiosas en todos los Nuevos Territorios) y murales de diversos motivos entre los que destacan flores, plantas, animales mitológicos y figuras legendarias.

Una villa Hakka

No lejos de la zona, siguiendo por la zona de Sheung Shui, y después de perderme y volver a encontrarme, de cruzar calles desconocidas y cruzarme con residentes sorprendidos de mi presencia con cara de despistado, llego hasta la villa amurallada Hakka, la única de las que he visitado que no he podido visitar, aunque suene extraño. La villa me recibe con una puerta de metal en su entrada principal. Al contrario que en otras villas, hace falta llave para entrar, llave que no poseo, o llamar y que algún residente te abra. Parece que no gustan de extraños visitantes, que no quieren que curiosos les molesten,  o prefieren mantener su tranquilidad, y que si quieres ver la villa lo hagas desde lejos, concretamente desde la calle. Me fastidia pero lo entiendo perfectamente. Hablamos de una villa donde vive gente que quiere preservar su privacidad y no de un parque de atracciones. Me quedo con ganas no sólo de ver la villa por dentro, sino de saber la historia y la cultura del lugar, y de aprender algo más de ésta misteriosa villa a parte de que se construyó en la primera década del siglo XX.

Apreciar el pueblo Hakka desde fuera me permite ver su estructura original. Sus casas se conservan igual a como las construyeron hace más o menos un siglo. Aquí no hay casas de tres plantas como en otras villas de Hong Kong. La villa hakka mantiene en pie y habitadas las viejas edificaciones, las levantadas originalmente. Unas edificaciones que presentan tan buen aspecto que seguirán en pie hasta que sus residentes lo decidan. El lugar trasmite paz y sosiego, que unido a mi imposibilidad de entrar, y a que sea una de las aldeas menos visitadas y conocidas de Hong Kong, hace que la curiosidad de cruzar la muralla vaya en aumento. Quien sabe si algún día tenga la oportunidad.

Con un sabor amargo dejo atrás la población Hakka y Sheung Shui, ese sensación que queda al quedarte con las ganas de algo que te apetecía mucho. Pero como Hong Kong siempre termina por sorprenderme, sin darme cuenta me hallo enfrente de lo que parece ser otra villa, en este caso sin amurallar, mucho más reducida y con apenas unas pocas casas. Una villa con poso antiguo donde los niños juegan en la plaza alegremente y sin preocuparse por los coches u otros peligros. Donde la vida parece pasar a un ritmo diferente, por supuesto más pausado. Donde existen bloques de edificios como en todas partes de Hong Kong, pero donde también hay casas bajas con sus tejados tradicionales y sus puertas de color rojo decorada con los tradicionales papeles naranjas colocados en Año Nuevo Chino. Una villa en la que los moradores seguramente sean parte de una gran familia. Que estas villas diminutas y antiguas sigan compartiendo barrio con rascacielos de pisos es una cosa que me sigue maravillando incluso después de haber vivido muchos años en Hong Kong.