Continuando mi visita a las Ciudades Patrimonio de la Humanidad, me presenté en Úbeda, que aunque casi siempre vaya unida al nombre de Baeza resulta que es una ciudad independiente de su vecina. Son dos ciudades, y dos ciudades maravillosas. Pensaba que la mejor forma de iniciar el recorrido sería bajarme en Linares-Baeza como el cantautor narraba en su canción, pero el autobús pasó de largo ante mi sorpresa. Me aclararían más tarde que la estación es de tren. ¡Qué fallo!

No se muy bien la razón pero hay ciudades patrimonio muy populares y otras no tanto. Úbeda formaría parte de este último grupo. A mí me ha llevado cuarenta años ir a visitarla y me ha dejado impresionado, preguntándome por qué no habría ido antes a su encuentro. Quizá sea, porque según me comentan una vez allí las gentes del lugar, Úbeda y Baeza han estado un poco olvidadas y con malas comunicaciones. Dejadas u olvidadas por las administraciones.  Afortunadamente, parece que la cosa está cambiando últimamente.

Situada en una de las provincias a las que se presta poca atención, Jaén, Úbeda es una de las joyas que se esconden por España a la espera de que vayas a descubrirla y disfrutarla. La ciudad te espera con los brazos abiertos.  Sin prestarle la atención que merecía durante mucho tiempo, tras ser declarada ciudad Patrimonio de la Humanidad, la cosa cambió. Las comunicaciones mejoraron y Úbeda ganó visitantes y popularidad. Cálida, monumental y misteriosa, es sin duda una de los enclaves más significativos de las ciudades renacentistas. A cada paso y en cada esquina, te topas con palacios, conventos, iglesias, callejuelas y plazas que no dejan de sorprenderte. Varias civilizaciones han dejado su huella en la ciudad y todas de una forma espléndida. Nada deja indiferente y todo sorprende. Son tantas las cosas de las que disfrutar en Úbeda que no me da tiempo, ni ganas, de perderme por sus cerros como hiciera Álvar Fañez “el Mozo” siglos atrás.

Si hay una figura que ha dejado un importante legado en Úbeda, ése es Andrés de Vandelvira (de origen “holandés” según una divertida leyenda). Artista polifacético, es el arquitecto de muchas de las obras cumbres que podemos disfrutar todavía hoy. No sólo destaca la que puede considerarse su gran obra, el Palacio de Juan Vázquez de Molina, sino que dejó su sello en la arquitectura religiosa o de ingeniería, en palacios, en puertas de casas o incluso en el impresionante diseño de rejería de la Capilla Funeraria del Salvador. Vista su prolífera obra no creo que tuviese mucho descanso el supuesto holandés.

Escritores y cantantes

Ha sido Úbeda el lugar que vio nacer a Sabina y de Muñoz Molina, quizá dos de sus personajes más conocidos en la actualidad. Mucho antes que ellos, siglos atrás, sus calles, aunque no vieron su nacimiento, sí que fueron testigo de los últimos paseos de San Juan de la Cruz en los últimos momentos de su existencia. Es lo malo de llegar muy enfermo a un lugar, que ya te quedas para siempre. Al menos tu alma, tu cuerpo una vez desapareces hacen de él lo que les viene en gana.

El lugar más espectacular de la ciudad es la Plaza Vázquez de Molina, no sólo por el palacio, actual ayuntamiento, sino también por el Palacio del Dean (un Parador hoy día), la Basílica de Santa María de los Reales Alcázares (situada en el lugar donde tiempo atrás hubo una mezquita) o la mencionada Capilla Funeraria del Salvador. Sólo por contemplar esta plaza ya merece la pena visitar Úbeda. Y si la ves de noche quedarás atrapado con su misterio y su tranquilidad.

Úbeda es una ciudad que da gusto recorrer a pie y de forma pausada, disfrutando cada instante. Me dejo llevar por la imaginación al perderme por lo que debió ser su barrio judío. Visito su increíble y hasta hace poco escondida sinagoga  del Agua y disfruto no sólo del interior de la ciudad, sino también fuera de la muralla. Cruzar alguna de sus puertas y contemplar las vistas infinitas de campos de olivos es impresionante. Como lo es también degustar algún plato típico, en mi caso los andrajos.

El barrio de los artesanos

No puede faltar en una visita a Úbeda la visita a sus artesanos, ya sea a la forja Tiznajo, donde los hermanos que la regentan me muestran su trabajo y su museo con sumo placer, o un recorrido por el barrio de los alfareros, San Millán. Allí observo en persona como se trabaja la alfarería, cómo se usa un horno árabe de leña (todavía en funcionamiento después de cientos de años), disfruto del proceso de cocción de las piezas como se hacía hace mil años, una técnica que todavía sigue en uso y que se puede ver en alguno de los talleres de la zona (no en todos). El barrio ya no es lo que era por culpa de los humos. En la actualidad, en el barrio, además de los talleres también se han mudado a vivir familias y parece ser que el ruido nocturno y los humos, no les terminan de gustar. Y los hornos de leña han quedado tristes y marchitos. Un barrio con una historia que proviene desde la época medieval. Un barrio con más de cien alfareros a mediados del siglo XX. Un barrio que en la actualidad cuenta con varios artesanos que siguen luchando y trabajando para que la tradición siga en pie. Un barrio, el de los alfareros, que necesita de ellos para que siga su esencia y no sólo el nombre.