Hay lugares que llevan habitados durante más de 12000 años. Hay lugares donde todavía se viven en cuevas excavadas en las rocas. Hay cuevas que llevan alojando gente más de 3000 años de forma ininterrumpida. Hay lugares mágicos, incomparables y fuera de este tiempo y lugar. Meymand sin duda es uno de ellos.

La primera vez que oí hablar de Meymand fue un poco antes del viaje a Irán. Leí cosas positivas, otras no tanto, pero sobre todo que no hacia falta quedarse a dormir. ¿Pero como no iba a quedarme a pasar la noche en una cueva? ¿cuántas veces tiene uno la posibilidad de estar en un pueblo donde la gente vive en cuevas y poder dormir en una de ellas? No tuve dudas, Meymand no sería un lugar en el que pasar un par de horas y seguir hasta el próximo destino.

Situado entre la montaña y el desierto, Meymand se dedica básicamente a la agricultura, a la cría de animales, la recolección de plantas medicinales y a la fabricación de alfombras, a lo que hay que añadir los ingresos que se producen en los últimos años procedentes del turismo. Me comentan que la buena salud y los largos años de vida de los que disfrutan los ancianos del pueblo son debido precisamente a la ingesta de dichas plantas medicinales que crecen en los alrededores del pueblo.

Por mucho que oigas de Meymand o por muchas fotos que veas antes de ir, nada ni parecido con la realidad. Las cuevas excavadas en las rocas, el antiguo templo del fuego de los seguidores de zoroastro, la antigua escuela o los antiguos baños son interesantes, lo mismo que su mezquita, localizada también dentro de una cueva y una de las pocas que quedan de ese estilo en Irán. Lo que realmente me atrapa en Meymand son sus gentes. Unas gentes, que según me cuentan, hablan un farsi antiguo, especial y diferente al resto del país, así que nada entiendo de lo que me cuentan sus moradores. Bueno no entiendo nada porque hablan un farsi antiguo y porque yo no hablo ni el moderno ni el antiguo, no por otra cosa.

Con la curiosidad del extraño forastero comienzo a recorrer el pueblo, un pueblo en el que prácticamente no hay calles, sólo hileras en las que se suceden las cuevas. Mientras deambulo y voy observando una mujer comienza a hablarme como si la entendiera. De entre todo lo que me contaba quise comprender que me sentase a beber algo. No dudé y allí me senté a disfrutar del te que me ofrecía. Supongo que me contaría alguna cosa sobre su vida, o más probablemente me preguntase algo sobre la mía. No lo sé porque nada entendí y poco pareció importarle a la buena señora. Ella me hablaba como si fuera su nieto y ni siquiera mi cara de extrañeza parecía indicarle que no me enteraba de nada. Por no ser pesado y por querer seguir descubriendo el pueblo, agradecí el te y la hospitalidad y seguí caminando por el pueblo, no sin antes llevarme unas nueces y almendras que la señora me ofreció y me obligó a llevarme amablemente.

En una fuente una señora coge agua en garrafas de un tamaño considerable. Me deja retratarla y al marcharse veo que deja una de las garrafas con lo que se la acerco hasta su cueva. Agradecida la señora me invita a pesar a su “casa”, y como no, me prepara un te, que luego serían dos y luego tres. Las cuevas no disponen de baño ni agua corriente (de ahí lo de ir a la fuente con las garrafas) pero disponen de electricidad lo que les permite tener luz y frigorífico, incluso una pequeña televisión olvidada en un rincón. Luego vería que casi todas las cuevas tienen un acondicionamiento parecido.

Una vez abusado de la hospitalidad de la señora de las jarras de agua, me despido educadamente y continúo mi recorrido por el pueblo. Observo a una mujer mayor (como lo son todas en Meymand) en el suelo, sentada o caida, no lo se muy bien. Se la ve tranquila con lo que imagino que se habrá sentado a ver pasar el viento y a disfrutar con su paso. Le ofrezco mi mano por si quiere levantarse y me mira con cara de estar muy agosto donde está. Es una mujer con un rastro y una vestimenta especiales, nada parecida a lo que me había encontrado hasta ese momento. Imagino que está disfrutando de la tranquilidad y del paso del viento con lo que sigo mi camino.

El cielo se empieza a nublar amenazando lluvias y tormenta. Veo gente en una especie de porche y me acerco. Una señora teje lo que imagino es una alfombra y mientras, charlan amablemente. Me siento un rato a ver como teje la señora pero para y se levanta. Cubre el telar con un plástico por temor a las lluvias y me dice que le acompañe, o al menos eso entiendo. Nos sentamos en la entrada de su cueva y comienza a preparar te. Mientras sirve una taza llega la señora de las nueces y las almendras. Al poco se suma la señora de las jarras de agua acompañada de otra mujer. Y un poco más tarde se suma la señora que disfrutaba de ver pasar el viento. Hablan entre ellas como si yo no estuviera allí. Mi presencia parece no incomodarles. Como si no fuera un extraño que pasaba por allí. Se que saben de mi existencia porque cada poco me rellenan la taza de te. Por supuesto no entiendo nada de lo que dicen pero el hecho de que no me presten atención hace que me sienta a gusto allí con ellas. Después de una serie incontable de te y una vez que el cielo parece que ha vuelto a la normalidad, me despido de las simpáticas señoras y marcho a mi cueva a intentar asimilar las últimas horas.

Pronto por la mañana dejo Meymand con un sentimiento de pena y a la vez de extrañeza, mi camino sigue hacia Yazd pero pienso que me hubiera gustado quedarme un par de días a seguir disfrutando del lugar y de sus gentes, sobre todo de sus intrigantes y hospitalarias señoras. El tiempo en Meymand más que un viaje al pasado se parece a ser parte de una película, a ser un actor secundario o un extra en un montaje que aunque se parezca, nada tiene que ver con la realidad. Marcho como si lo que hubiera vivido no hubiera sido real sino parte de un sueño. Un sueño muy agradable por cierto. Un sueño de esos que recuerdas perfectamente al despertar y que dejan un poso de eso que llaman felicidad.