Después de una noche de autobús llego a Bandar Abbas, en el sur del país y a orillas del Golfo Pérsico. No muchos turistas occidentales bajan hasta aquí porque queda un poco a desmano de los lugares más turísticos de Irán. En mi caso el objetivo principal era conocer a las mujeres enmascaradas. Unas mujeres bandari que desde el momento en que las vi en una foto, tuve ganas de conocer en persona.  Y aquí estoy.

Bandar Abbas no tiene muchos lugares de interés (turístico) pero es una ciudad que desprende energía y vitalidad. Dejo el equipaje en el hotel y salgo a ver qué hay por los alrededores. Lo primero que encuentro, y en una cantidad considerable, es calor. Mucho calor. Muchísimo calor. Es octubre y la sensación térmica es una mezcla de Sevilla y Hong Kong en pleno agosto. No importa, a la sombra se está bien. Había leído que uno de los sitios más interesantes de la ciudad es el mercado del pescado. Me acerco sudando, y descubro un mercado al aire libre donde el olor lo impregna todo. Un olor fuerte que se mete hasta las entrañas. Pasan los minutos y termino por acostumbrarme. Veo una mujer con máscara y el olor pasa a un segundo plano. Ni me acuerdo. La primera vez que me cruzo con una tengo un sentimiento extraño. La máscara confiere a las mujeres bandari que las llevan un aire de misterio y de enigma que me atrapa. En mis días por el Golfo Pérsico veré cientos que la llevan y ese misterio nunca desaparecerá.

“Gentes del Puerto”

Las gentes de Hormozgán, la región a la que pertenecen las islas y Bander Abbas, son conocidos como bandari (“gente del puerto” literalmente), y si lo situamos en el mapa vemos que están muchísimo más cerca de países como Oman o Bahrein que de Teherán o del mar Caspio, y eso se aprecia en su cultura. Hay una gran mezcla racial en la zona ya que siempre ha sido un lugar de mucho tránsito al ser un centro comercial desde tiempo lejanos.

Me habían informado que los bandari viven además de en Bander Abbas, en las islas de Qeshm, Hengham y Hormoz, y que si podía, que me acercase hasta el mercado de los jueves (Panjshambe bazaar) en Minab, donde se juntaban gran cantidad de mujeres a comprar, a vender todo tipo de productos (máscaras también, por supuesto) y a socializar. Seguí las indicaciones e indagué para conocer un poco mejor el lugar y las costumbres. No me resultó fácil, la información, dependiendo de quien viniera, era diferente. Lo mismo que no resulta fácil que se dejen retratar. Después de varios días, mucha paciencia, muchas negaciones y mucha insistencia, terminé por conseguirlo. Y sobre todo gracias a mi amiga Parisa, quien me acompañó al mercado de Minab y me ayudó a comunicarme con muchas mujeres. Algunas enfadadas sólo con la idea de que las retratase, otras encantadas de posar, algunas más declinando pero sin ningún tipo de enfado, sino todo lo contrario, alegres por la propuesta. Incluso hubo una muy mayor que nos tiró una pequeña piedra para que nos fuéramos. Una experiencia que sin Parisa no hubiera sido ni parecida.

La intrigante máscara de las mujeres

La función de la máscara parece ser doble. Por un lado, las mujeres se cubren por motivos religiosos para no dejarse ver por los hombres que no sean su marido o parte de la familia; y por otro lado, las máscaras sirven de protección contra el sol (que en el Golfo Pérsico es mucho y abundante), ayudando a mantener una piel en perfecto estado y blanco (todavía hoy se asocia la piel oscura con los esclavos, y muchos hombres y mujeres prefieren los rostros más pálidos). Me comentan incluso que las máscaras más parecidas a un gran bigote se comenzaron a usar para atemorizar a los enemigos invasores y que pensasen que las mujeres en realidad eran bravos guerreros, lo cual hacía aumentar en gran medida el numero de luchadores en la batalla. Los hay que comentan incluso que las máscaras se empezaron a utilizar para evitar que los esclavistas portugueses se llevasen a las mujeres, para “esconderse” de ellos. Quien sabe, puede incluso que el origen sea una mezcla de todo.

A parte de la función social o religiosa (la usan tanto sunies como chiies), dependiendo de la forma o del color de la máscara, los locales saben de qué pueblo o de qué etnia es la mujer que la lleva. La costumbre de llevar la máscara o boregheh va desapareciendo poco a poco, sobre todo entre la gente joven, aunque todavía gran cantidad de mujeres bandari continúan orgullosas con la tradición, dándoles un aire intrigante y misterioso, sobre todo a ojos del forastero.

Hace tiempo todas las máscaras eran hecha a medida y cosidas a mano, lo cual las encarecía mucho. En la actualidad, muchas mujeres no se lo pueden permitir con lo que la mayoría de las que se venden en los mercados están confeccionadas a máquina, apostaría a que fabricadas en China.

Pasan los días y llega el momento de marchar. Dejo el Golfo Pérsico con gran tristeza. Las mujeres bandari enmascaradas me han cautivado. Las conocía por fotos pero encontrarme con ellas ha sido una experiencia fascinante. No quiero ni imaginar la sorpresa, y el asombro, que les debía causar a los comerciantes que por la región se dejaban caer hace siglos y no sabían de su existencia. Sin lugar a dudas la visita a la zona y tratar con las mujeres enmascaradas, es de esos recuerdos que me llevo de Irán y que difícilmente olvidaré.