Se levanta cada día a las 4 de la mañana para dedicarse a lo que lleva haciendo las últimas tres décadas con gran dedicación. Herminia comenzó la fabricación de pastas y galletas hebreas casi por casualidad. Era el año 1990 y se iba a celebrar un concierto de música sefardí. Ella se ocupó de la repostería, haciendo unos dulces judíos que gustaron mucho, y allí comenzó todo. Consiguió un recetario antiguo y se puso manos a la obra. Una obra que dura ya casi 30 años, y que realiza con mucho gusto. Un gusto que parecen no haber heredado sus hijos. Herminia cree que con ella desaparecerán sus dulces judíos ya que sus descendientes parecen no estar por la labor de continuar con tan dedicado trabajo.

En su tienda-horno, mientras estoy con ella en una tarde de invierno, Herminia me cuenta cómo fabrica sus dulces de forma tradicional y totalmente artesanal en su horno de leña siguiendo las recetas c. Me explica que no vende por internet ni a intermediarios, que quien quiera probar sus deliciosos dulces hebreos tienes que ir a su tahona y así visitar Ribadavia. Para la elaboración de los kamisch-broit (elaborados con nueces o amendras), los mamul (con frutos secos, pétalos de amapola y agua de azahar) o ma’amul (crema de dátiles y agua de rosas), utiliza en muchos casos productos importados de Israel. Según me cuenta la repostera, muchos de los dulces hebreos que vende no se pueden encontrar en ningún otro lugar de Europa. Al menos eso le han dicho algunos visitantes judíos que han pasado por allí.

Las hermanas Touza

Muchas décadas antes, en los años 40, la estación de ferrocarril de Ribadavia fue clave para muchos judíos que huían de la guerra que se estaba librando en Europa. Las hermanas Touza, que regentaban la cantina de la estación del ferrocarril y habían tejido durante años una valiosísima red de contactos, ayudaron a pasar a cientos de judíos que huían de la guerra a Portugal. Los judíos que llegaban hasta Ribadavia escapando de una muerte segura por parte de los nazis en la guerra europea, eran acogidos en la casa de las hermanas para luego facilitarles el paso al país vecino. No eran ellas solas sino que otras personas del pueblo también ayudaron en la tarea del transporte de forma totalmente desinteresada. Es una historia de película que solamente se ha conocido hace algunos años cuando dos judíos alemanes residentes en Nueva York quisieron hacer llegar su agradecimiento a las mujeres gallegas que les habían ayudado.

La relación de Ribadavía con los judíos viene de mucho más lejos, parece ser que los judíos se instalaron en Ribadavia en el siglo XI siendo rey Don García que había elegido en 1063 Rivadavia como capital del Reino de Galicia. Durante los siglos XII y XIII fueron aumentando en número hasta alcanzar las 1500 personas (la mitad de la villa), haciendo de Ribadavia el enclave gallego judío más importante. Realizaban trabajos variados y diversos,  si bien parece que algunos de ellos se dedicaron a la administración de bienes, a la recaudación de impuestos y posiblemente al comercio del vino (no olvidemos que la villa es la cuna del Ribeiro), siendo su mayoría artesanos, y habiendo algunos zapateros y sastres. El trabajo de la tierra era realizado por muy pocos.

Pasaban los años, y en siglos XIV y XV continuaron llegando judíos a la villa. Su importancia para la sociedad seguía siendo muy importante, tan es así, que después de decretada su expulsión de España, la comunidad judía siguió gozando de gran importancia en la localidad, convirtiéndose muchos de ellos a la fe cristiana y continuando con sus vidas en Ribavadia.

El barrio judío

A día de hoy la judería de Ribadavia, situada entre la Plaza Mayor y la muralla alrededor de la Porta Nova, sigue conservando el aspecto de barrio judío, posiblemente muy parecido a como lo era siglos atrás cuando todavía los judíos habitaban en la villa. Bien es cierto que muchos judíos no vivían en el barrio y que por el contrario, algunos cristianos habitaban en él. El trazado medieval de sus calles, las calles largas y estrechas, las plazas y los patios, siguen presentes hoy día, como si se hubiera detenido el tiempo. No es sólo una de las juderías más destacada en cuanto a la importancia que tuvo, sino que es sin duda uno de los barrios judíos que he visitado que mejor se conserva.

Para recordar ese tiempo, recuperar tradiciones ancestrales en el que los judíos eran parte importante de la ciudad, y para que no caiga en el abandono, desde hace años se celebra el último fin de semana de agosto en Ribadavia la Festa da Historia. El pueblo completo recrea una villa medieval, en la que predominan los trajes de época y se recrean bailes, bodas judías y una gran cena medieval. Pero eso es en agosto y mi visita es en el frío febrero. Se va haciendo de noche y doy mis últimos pasos por las calles de la judería. Imagino cómo quedará de bonito los días de fiesta, e imagino también a las hermanas Touza ayudando a escapar al país vecino a personas desconocidas empleando su patrimonio y arriesgando su vida en los años de la II Guerra Mundial. Con ese poso de melancolía y con el sabor a los dulces hebreros de Herminia abandono Ribadavia y su judería, sin duda un lugar muy especial.