Oímos hablar de rascacielos y nos vienen a la mente Nueva York, Chicago, Hong Kong, Dubai o Tokio. Nos parece que siempre han estado ahí y sin embargo los rascacielos más antiguos no los encontramos en lugares lejanos con nombres exóticos  del mundo sino que los hallamos en Cuenca. Sí, la Cuenca de Castilla la Mancha que vio nacer a la pareja humorística de Tip.

Es en Cuenca y no en ningún lugar extraño donde se realizaron por vez primera edificios de más de diez plantas. Los rascacielos de San Martín, que todavía hoy siguen en pie, y que poseen la particularidad de que en una de las caras (calle Alfonso VIII) tienen una altura de tres o cuatros plantas, y por la otra (Hoz del Huécar) la altura se aumenta hasta diez o doce. En el siglo XV y ante la presión demográfica y la imposibilidad de crecer la ciudad fuera de la muralla se ideó la construcción de viviendas en altura a base de piedra, madera, argamasa y yeso. Se trataba de adaptarse al terreno, y no sólo se construyeron viviendas como sería lo normal, hacia arriba, sino que las viviendas también se prolongan hacia abajo, adhiriéndose a las rocas de la Hoz del Huécar, con lo que se iban creando viviendas según la necesidad.

Siglos antes, posiblemente en el VIII, se originaría la ciudad en torno a lo que es el actual castillo y que en tiempos fue la alcazaba andalusí de Qunka. Con el tiempo la ciudad, ya en manos cristianas, se fue adaptando al trazado peculiar de Cuenca, situada en un alto y rodeada por dos ríos. Y junto a la población cristiana convivían la judía y la musulmana. Esta mezcla de población nos ha dejado una ciudad sorprendente con un entramado alucinante de calles, callejuelas, rincones, miradores y plazas que llegan a cautivar en su recorrido. Como te atrapan sus arcos y pasadizos, con sus historias y leyendas, que como en toda ciudad que se precie, entretienen al viajero y le llevan a revivir tiempos pasados. Y no por tópico menos cierto, lo que más llama la atención de la ciudad son sus Casas Colgadas, balconadas de madera, que fueron muchas más pero que sólo se conservan dos, albergando una de ellas un museo de Arte Moderno. De nuevo modernidad y antigüedad se unen formando lo que es el monumento más emblemático y más visitado de la ciudad.

Cuenca es de esas ciudades a las que se le hace caso, pero tampoco mucho, o al menos no todo el que correspondería a su belleza. Belleza en su localización como fortaleza inexpugnable, en su aprovechamiento del espacio, en su arquitectura única e increíble no sólo con sus rascacielos sino con sus casas colgadas. Esa unión de patrimonio cultural y patrimonio natural que van de la mano de una forma natural. Cuenca se presenta como una atalaya labrada en piedra con el transcurrir del agua y del tiempo. Agua empujada por dos ríos que de forma natural abrazaron y siguen abrazando la ciudad, para que no se escape y para darle cariño al mismo tiempo. Agua que es la culpable de que los miradores de la ciudad nos ofrezcan unas visitas maravillosamente verdes.

Pasear o deambular, según se prefiera, por sus calles es encontrarse con nobles palacios, iglesias que ofrecen refugio a los creyentes y conventos donde reina el silencio de los rezos de las monjas de clausura. Es maravillarse con una catedral única, comenzada a construir en el siglo XII y uno de los ejemplos más tempranos del gótico en España. Es no sólo antigüedad sino museos de arte moderno. Es cocina clásica y vanguardista. Cuenca no se conforma con haber sido sino que afronta el presente con renovadas energías. Como energías pone en recuperar lo que fuese el barrio judío que esperemos en breve tome nuevo impulso y podamos disfrutarlo.

Todo este conjunto de ciudad antigua, de antiguos arrabales y de las hoces de los dos ríos entre las que se encuentra, hicieron en 1996 que Cuenca fuese declarada Ciudad Patrimonio de la Humanidad. Ciudad medieval y moderna al mismo tiempo donde el pasado se mezcla con el presente de forma natural. Ciudad cerrada y colgada pero muy abierta al mismo tiempo. Lugar de puente entre lo antiguo y lo nuevo, como puente tuvieron que realizar (en este caso en hierro y madera) a principios del siglo XX sustituyendo a uno antiguo de piedra que se había desplomado, para salvar la hoz del Huécar y desde donde tenemos unas vistas increíbles de la ciudad en general y de las Casas Colgadas en particular.

Un conjunto que hacen de Cuenca una ciudad fascinante. Una ciudad medieval y moderna al mismo tiempo, mezclándose pasado y presente de forma natural. Cerrada y colgada pero abierta a la vez. Una ciudad que la única forma que tenemos de disfrutarla en todo su esplendor es caminando, un camino que nos dejará cansados pero un agotamiento que merecerá muy mucho la pena.