Tan sólo unas horas después de aterrizar ya sentía que le debía algo. Estaba en deuda por no haber tenido Corea entre mis destinos. Había aterrizado en Seul y lo había hecho por un cúmulo de circunstancia de visados que ahora no vienen al caso. Será por la dura competencia de sus vecinos asiáticos, o porque tiene menos publicidad que Japón y China, o que Vietnam y Tailandia, el caso es que ni siquiera podía imaginar todas las maravillas que tiene que ofrecer el país. No son pocas, todo lo contrario.

En el país de Samsung, LG o Hyundai, resulta que lo que de verdad importa es el patrimonio y la herencia cultural. Herencia que cuidan con mucho mimo y esmero. Le dan una importancia como en pocos países del mundo. Una historia de la que se sienten orgullosos, como orgullosos están de compartirla con los visitantes que por allí nos acercamos. No muchos occidentales, pero una gran cantidad de alegres y satisfechos asiáticos. Unos turistas que se mimetizan con los locales, se visten con sus tradicionales hanbok, y visitan tantos lugares históricos como les es posible.

Corea es mucho más que tecnología, lo constato desde el primer día. En Seul, una de las ciudades más avanzadas y modernas del mundo, paso una mañana deambulando por Bukchon, un barrio con casas tradicionales (hanok) por el que perderse y trasladarse a hace cientos de años, al periodo de la dinastía Joseon. Además disfruto con sus impresionantes palacios reales y con los cambios de guardia más coloridos que se puedan presenciar.

Descubriendo Seúl

En Seúl puedes pasar la vida entera disfrutando de sus encantos. Una ciudad enormemente grande pero que unas infraestructuras impecables ayudan a recorrer y descubrir de forma ágil. Descubrir que a pesar de los millones de habitantes que la pueblan, tiene una limpieza más que pulcra. Las colillas, papeles y chicles que vemos en otros lugares, en Seúl no los encuentro por ningún sitio. Unos habitantes que te sonríen y te tratan con cariño como si fueras uno de los “suyos”. En pocos países de Asia me he encontrado con un recibiendo tan caluroso y tan cercano al mismo tiempo.

Paso en Seúl los primeros días de mi estancia por Corea. Sorpresa tras sorpresa, a cada cual más interesante. Si durante el día disfruto de los cinco palacios reales. Majestuosos. Por la noche lo hago con una ciudad colorida, llena de faroles luminosos. Por esas casualidad que a veces nos sorprenden, coincide mi viaje con el Festival de los Faroles de Loto y cada día, al caer la noche, las calles oscuras de Seúl se llenan de faroles iluminados con diferentes tonalidades. El punto culminante del festival es un desfile por el centro de la ciudad. Desfile alegre y multicromático, en el que participan todo tipo de gentes, desde señoras mayores hasta monjes, carruajes y grupos a pié. Una auténtica fiesta del farol de loto.

Mi primera visita fuera de la capital será la más curiosa, o más rara. Puede parecer extraño, pero una de las zonas turísticas más importantes de Corea es la DMZ (Zona Desmilitarizada). Una zona creada en 1953 que divide la península de Corea en dos, e incorpora territorios de ambos países siguiendo el paralelo 38. Países que técnicamente continúan en guerra. A pesar del nombre confuso, es la frontera con la mayor presencia de soldados en el mundo, un lugar que Clinton denominó como “el lugar más temible de la Tierra” durante su visita en 1993. El mismo lugar que es visitado por miles de turistas, de Corea y de todo el mundo. La visita a la DMZ es por momentos surrealista. Estamos en una de las zonas más militarizadas del mundo, con dos países todavía en guerra, y sin embargo la sensación es una mezcla de tensión con la alegría propia de un parque temático.

Una de las mañanas decido salir a caminar temprano, a recorrer una parte de la muralla que bordea Seúl. Muralla construida en 1396 pero reformada en varias ocasiones. Según camino voy descubriendo unos miradores con vistas espectaculares, y cada poco, puestos de vigilancia. La presencia de soldados hacen que sea consciente de que quizá no haya peligro pero que el “enemigo” está muy cerca, a tan sólo unos quilómetros de donde nos encontramos.

Las fotografías están prohibidas en la mayoría de los tramos, y los sonrientes soldados te saludan cada pocos tramos. En realidad el que saluda soy yo y ellos me responden educadamente. Comienzo recorriendo el monte sagrado de Inwangsan, con su santuario sintoísta y sus templos budistas alrededor y tras pasar un control de pasaportes en uno de los tramos, y varias horas de paseo, decido que es el momento de dejar la muralla por el tramo de la montaña de Baegak. El tramo que me queda por recorrer lo dejare para una futura visita.

Murales por el barrio de Ihwa y por Suwon

Marcharía de Seul pero no sin antes visitar el barrio de murales de Ihwa. Un barrio alegre y colorido pero con problemas a causa del arte que se pinto en sus calles,. Un arte que atrajo a miles de visitantes que no se comportaron de manera cívica. Unos visitantes que terminaron por enfadar a los residentes. Parece que ya se han solucionado las disputas y que forasteros y residentes conviven de forma armoniosa.

En las afueras de Seúl se encuentra Suwon, una ciudad amurallada con dos vibrantes pueblos de murales. A simple vista lo más llamativo es la ciudadela y las puertas que se conservan. Puertas todavía hoy en funcionamiento y por las que podemos entrar y salir en la zona amurallada. El contraste entre los muros y los edificios modernos impregna toda la ciudad. Decido recorrer algunos tramos por dentro y otros por fuera, para así poder disfrutar del barrio de murales de Ji-dong, quizá menos atractivo artísticamente que el de Ihwa en Seúl, pero mucho más auténtico donde el único visitante entre los residentes soy yo.

Dejo Seúl para bajar el sur pero volveré días después de recorrer algunos de sus pueblos y ciudades. Volveré para poder asistir al Jongmyo Jerye, un rito conmemorativo ancestral, una ceremonia confuciana llevada a cabo en el templo de Jongmyo donde se honran a los reyes y consortes de la dinastía Joseon, cuyas tablas mortuorias permanecen allí consagradas. Uno de los eventos culturales más curiosos e interesantes a los que he asistido en mis viajes.

En el sur disfrutaré durmiendo en una casa tradicional, hanok, en el precioso pueblo de Hahoe. Uno de los más bonitos de Corea, sin duda. Es uno de esos pueblos que parece haber sido sacado de un libro de cuentos. Dos tipos de hanok encuentro por sus calles. Por un lado, la fascinante “choga”, casas con techos de paja (que necesitan ser cambiados cada año), habitadas por campesinos, y por otro lado, la tradicional “waga” con tejados de estilo oriental utilizados por la nobleza. En 2010 fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO entre otras razones porque Hahoe refleja su tradición confuciana, incluso en su ubicación y distribución del territorio, entre las montañas y el río, que ofrecía a sus habitantes comida, tanto física como espiritual.

Durmiendo en templos budistas coreanos

Antes de llegar a Hahoe paso un día y pernocto en Guinsa, uno de los templos donde descansaré y disfrutare de la tranquilidad. El otro será unos días después en Haeinsa. Había oído que una de las mejores experiencias en Corea era la estancia en alguno de sus templos, así que decido estar en dos de ellos, para poder disfrutar por partida doble de 1700 años de tradición budista coreana, y ver de primera mano cómo es la vida monástica. Los días comienzan un poco antes de las tres de la madrugada para asistir a las ceremonias de la mañana de los monjes. Unas ceremonias anunciadas a golpe de tambor. Entre el sueño, la emoción, la oscuridad y los sonidos de los tambores, la atmósfera creada es conmovedora. El madrugón habrá merecido, y mucho, la pena. Después, a una hora más normal, decido participar en alguna de las actividades que ofrecen, como la fabricación de faroles de loto y las clases de meditation. Pero sobre todo disfruto paseando por las montañas de los alrededores. Unas montañas donde paseando se siente y aprecia el silencio y la tranquilidad. Que los templos estén enclavados en un paraje natural precioso hace de ellos un lugar único para disfrutar de la cultura coreana y de la tranquilidad al mismo tiempo.

Si el pueblo de Hahoe me había parecido precioso, la ciudad de Gyeongju me parecerá maravillosa. Una de las ciudades más fascinantes que he visitado. Fue la capital del Reino Silla durante unos mil años dejando una gran herencia cultural y patrimonial a la ciudad. Han pasado muchos años desde que fuese la capital, pero el esplendor de su historia permanece intacto. Muchas son las joyas que adornan Gyeongju, destacando entre ellas las enormes tumbas reales en forma de montículos que se encuentran en el centro y por las cuales se puede pasear. Paseo que me lleva por una ruta de más de 1500 años de historia. No muy lejos de allí y tras un breve paseo, llego hasta el observatorio astronómico más antiguo de Asia, Cheomseongdae, y al estanque Anapji, una verdadera obra de arte al atardecer.

Las superabundas buceadoras de la isla de Jeju

El viaje va terminando, pero me tendría guardada para el final una sorpresa. No podía haber mejor forma de terminar mi trayecto por tierras coreanas que bajar a la isla de Jeju y poder pasar dos días con las buceadoras haenyeo. Se trata de mujeres mayores, abuelas la mayoría de ellas, con una media de edad que superar los 70 años. Mujeres que han vivido del mar y por el mar durante generaciones por cientos de años y que bajan a pulmón hasta 10 metros para recoger mariscos a mano. Pueden estar bajo el agua durante uno o dos minutos arriesgando sus vidas todos los días, expuestas a los peligros del mar, y a sufrir enfermedades como dolores de cabeza crónicos. Muchas mueren a causa del mar, pero no les importa, seguirán buceando hasta su último aliento. Se trata, posiblemente, de la última generación de unas haenyeo tal como las conocemos. Uno de los tesoros culturales de Corea y uno de los momentos más especiales que he podido vivir.

Mis días por Corea han llegado a su fin. Me parece mentira que tanta maravilla y belleza no hubiese llegado antes a mis ojos. No haber tenido noticias de un país fascinante con unas gentes (aunque suene a tópico) educadas, amables, risueñas y alegres. Y sobre todo, un país con unas superabuelas que día tras día bucean como si fueran adolescentes. Un rato junto a ellas es toda una lección de vida. Lección que llevaré siempre conmigo.