Sin duda alguna, una de las ciudades más maravillosas del mundo. Te atrapa desde el mismo momento en que la pisas. A diferencia de otros lugares, la historia está latente en cada esquina y transporta a transeúntes a tiempos remotos, haciendo los paseos por sus calles fascinantes. Es esa historia que se pierde en el tiempo la que otorga a la ciudad un alma única. Córdoba.

Tanto íberos, como fenicios, griegos y romanos, quedaron atrapados en sus tierras muchos siglos antes que tu. Todavía hoy, recorriendo sus plazas, sus callejones, cruzando sus puertas y maravillándonos con su muralla, podemos hacer un viaje en el tiempo, y disfrutar a poca distancia una arquitectura de épocas muy diversas. El haber sido capital en diferentes épocas y siglos, como en la Hispania Ulterior, la Bética o el Califato de Córdoba han dejado joyas arquitectónicas como un templo y un puente romano todavía en uso, del siglo I, o la impresionante mezquita construida en el siglo VII sobre un templo visigodo. Podemos perdernos por su sinuoso barrio judío, uno de los más importantes de la época y habitado dicha comunidad entre los siglos X y XV, pudiendo disfrutar de su sinagoga o del zoco, y perdernos por sus estrechas callejuelas llegando a una época remota.

La ciudad más importante del mundo

Llegar a ser la ciudad más importante del mundo deja un poso que se siente al observar sus monumentos. Aunque muchos de ellos hayan desaparecido, todavía podemos maravillarnos de aquellos que han resistido el paso del tiempo y que nos dan una idea de lo que fue la ciudad. Te quedas fascinado no sólo al sentir la grandeza y espiritualidad de su mezquita o al cruzar caminando su puente romano, sino también de sus baños árabes o de sus molinos de agua en el río (de los siglos VIII-XI), que aunque hayan perdido su función siguen embelleciendo la ciudad. Y te fascinan sus iglesias Fernandinas, imponentes y únicas en el mundo. Iglesias originarias del siglo XIII y que se asentaron sobre antiguas mezquitas de barro a las que se le añadieron tintes románicos, góticos y mudéjares. Te fascina también su Alcázar, que cobija restos romanos y visigodos, árabes y cristianos, y con unos extraordinarios jardines que poco tienen que envidiar a los del Alcázar de Sevilla.

Córdoba y sus peculiaridades

Ya lo sé; existe mucha gente a la que no le gusta ni le atraen los monumentos por muy espectaculares o históricos que sean. Pero Córdoba es más que eso. Su gastronomía hará que no desees otra que cosa a que llegue la hora de su disfrute para poder disfrutar del salmorejo, del sabroso rabo de toro o de los flamenquines. Además, si te gustan los espectáculos en general y los caballos en particular, las sugestivas demostraciones ecuestres te cautivarán con esa mezcla de equitación clásica y andaluza, de baile y de caballos, de música y de danza, de doma y de carros.

Córdoba derrocha curiosidades y belleza allí por donde pases. Calles adornadas por estatuas de ilustres personajes que nacieron en Córdoba, como Averroes, Séneca o Maimonides. O te muestra en todo su esplendor unos bellísimos patios cordobeses (algunos con más de 1000 años), con sus pozos de agua y sus cientos de floridas macetas, declarados Patrimonio de la Humanidad.

Aunque no es una cosa que fascine a todo el mundo, por lo general y si es posible, me gusta visitar los cementerios de las ciudades. En el de Córdoba llama la atención su nombre, Nuestra Señora de la Salud, que no proviene del estado físico de sus residentes, sino del nombre de la ermita adyacente. Encontrándonos por sus calles las sepulturas de toreros tan famosos como Lagartijo, Guerrita, Machaquito o el mismo Manolete, Califas del Toreo.

Y si todo lo anterior te sabe a poco, intenta hacer coincidir tu visita con la Noche Blanca Flamenca, el mayor evento mundial de flamenco en el que podrás disfrutar de forma gratuita de estrellas consagradas. Maravillarte, por ejemplo, escuchando a Estrella Morente en el imponente patio de los Naranjos, y al poco verte bailando, mientras amanece, con el incansable Tomatito. Córdoba es simplemente increíble.