Aunque Hong Kong sea conocido por sus rascacielos y sus luces de neón, bien podría serlo también por sus islas, ya que hablamos de un territorio que tiene unas 260. De entre todas, si hay alguna en la que mejor se concentra la esencia cultural de la ex colonia británica, esa es Cheung Chau (“Isla Grande”).

A tan sólo una hora de ferry, nos encontramos una cautivadora isla con una riqueza y un patrimonio cultural sorprendentes. Un ambiente seductor en un entorno cultural que nos remonta a una época pasada. En Cheng Chau encontramos todo aquello que podemos desear. No son sólo sus templos, sino sus playas, restaurantes o senderos por los que recorrer toda la isla, y sus cabos y colinas, que a medida que transito me dejan prendado. Hay tanto que explorar que con una sola visita tengo la sensación de no haber visto nada. Y vuelvo. Claro que vuelvo; una y otra vez. Nunca me canso de visitar Cheng Chau.

Mientras el ferry se va acercando al puerto y va sobrepasando grandes barcos pesqueros que evocan una menguante, aunque aún viva, comunidad pesquera, pienso que los barcos me gustan más que los rascacielos y que tengo más simpatía por los pescadores que por los banqueros. Mientras paseo por sus calles descubro que tienen unos deliciosos bollos y que estoy rodeado de gente reservada pero simpática, con una forma de vida pausada muy diferente a la que se vive en el “otro” Hong Kong, el más conocido.

Aquí, los residentes orgullosos de su isla, me cuentan cómo la única medalla de oro de Hong Kong en unas olimpiadas (en Atlanta 1996) la ganó su vecina Lee Lai Shan en windsurf. Oigo también que no hace mucho hubo un cine  de éxito donde ver los últimos estrenos, pero del que sólo quedan escombros. Escucho leyendas de piratas y de cómo estos vivían en algunas de sus cuevas. Pero si hay algo especialmente atractivo de Cheng Chau, es el camino que boardea la isla, atravesando una Mini Muralla (china) a la cual se sube después de infinidad de escalones, y que ofrece la grata recompensa de observar unas vistas únicas del mar, de sus pueblos y de la isla de Lantau. Además, para hacerlo más idílico, por el camino se encuentran distribuidos pabellones chinos en donde descansar y disfrutar de los maravillosos paisajes. Hay días claros que incluso se pueden ver las islas de Hong Kong y de Lamma, Kowloon o los Nuevos Territorios.

Siguiendo el sendero veré rocas de diferentes formas. Me sorprenderé en el transcurso del camino hallando jarrones de flores o cabezas humanas usando sólamente un poco la imaginación. Me admirará encontrar  retiros espirituales, tanto católicos como cristianos, e incluso estatuas de la Virgen María. Y quedaré maravillado de los impresionantes cementerios con vistas espectaculares. Menudas vistas, aunque dudo mucho que las disfruten los residentes. Soy mucho de dudar ya lo se. Tampoco podía faltar su templo dedicado a la diosa del mar, Tin Hau, aunque en Cheung Chau es Pak Tai quien goza de mayor protagonismo y a quien está dedicado el templo más importante.

Después de recorrer y explorar la isla, tengo la sensación de que el hambre me va haciendo compañía desde hace un rato. Decido sentarme, descansar y probar uno de los muchos restaurantes que hay en la isla. Y como bien. Y como barato. Sólo por el hecho de saborear su sabroso y asequible marisco, la isla de Cheung Chau bien merece una visita. Si puedes, no dejes de visitarla en mayo, cuando se puede disfrutar de su Bun Festival, quizá el festival más popular de todo Hong Kong.

Sin darme cuenta he aprendido otra palabra en cantonés, chau será siempre isla para mi. Poco a poco voy aprendiendo el idioma. De momento ya se dos palabras, que no son pocas.