El amor de Peter Gabriel por las músicas del mundo le llevó en los años ochenta a crear un festival, el WOMAD (World of Music, Arts and Dances), que se celebraría en diferentes partes del planeta. Se trataba de fomentar y enseñar al mundo las diferentes culturas partiendo del idioma universal que es la música. Pero no sólo música incluye el festival sino que va de la mano de la artesanía y de diversas actividades. En 1992 llega a España, concretamente a Cáceres, y no a cualquier lugar sino a un marco incomparable, el interior de la ciudad medieval y monumental.

Después de caminar desde el tren, a las afueras de la ciudad, hasta mi alojamiento, me acerco hasta la Plaza Mayor, bonita como lo son muchas en España pero con un toque especial. Cruzo la plaza de un lado al otro y del otro al uno, recorro sus soportales y observo el ir y venir de la gente. Me siento como en una sala de espera tranquila sabiendo que al otro lado de la muralla me espera una aventura. La sobria e imponente Torre del Bujaco (edificación genuinamente árabe), acompañada de la Torre de los Púlpitos, en el borde de la Plaza Mayor, indican la puerta de acceso.

Subo las escalinatas que separan la plaza de la muralla y cruzo el Arco de la Estrella. Al penetrar en el centro monumental tengo la sensación de haber hecho un viaje en el tiempo, o bien, de haber entrado en el escenario del rodaje de una película histórica. Tengo la impresión de que en breve comenzarán a pasar a mi lado caballeros con lanza montando sus caballos, príncipes con su séquito u obispos en carruaje. Las calles estrechas de suelos empedrados, los torreones, los palacios, las casas nobiliarias y el color ocre que todo lo impregna ayudan a mantener la sensación durante un tiempo. Tiempo en el que la gente ha salido de sus casas y se dirigen al trabajo, entonces me doy cuenta que el escenario es real y que no me cruzaré con ningún rey, ni siquiera emérito.

Caminando por el barrio judío

Cáceres ha sido lugar de residencia de romanos, judíos, visigodos y musulmanes (aparte de cristianos, claro está) y todos han dejado su impronta y su huella en la ciudad. Todos han contribuido a hacer de la ciudad lo que es hoy. Donde más disfruto mis paseos es por lo que fue el barrio judío, que como bien me apunta una señora que allí reside desde que nació, “judíos no hay en este barrio, eso fue hace muchos siglos”. Judíos no habrá pero se siente su presencia al pasear por el barrio de San Antonio. Imagino su sinagoga sobre la que se construyó la actual ermita de San Antonio de la Quebrada, me dejo llevar por sus calles estrechas, sencillas e irregulares y recreo en mi mente cómo sería la vida hace 500 años en esas casas exultantes de cal blanquecina.

El antiguo barrio donde los judíos moraron es un barrio sencillo e intimista que contrasta con los lujosos palacios y edificios de piedra por los que está rodeado. Se respira tranquilidad e intimidad. Y entre deambular e imaginar me doy de bruces con la que llaman la Casa Árabe o Museo de Yusuf Al Burch, donde se ha recreado lo que era una vivienda árabe y donde se conserva incluso el aljibe. Una maravilla de casa del siglo XII donde se han cuidado hasta los más mínimos detalles y que nos muestran la forma de vida árabe de la época. Están representadas las diferentes habitaciones y la función a la que estaban destinadas (zaguán, sala de té, hammam, sala de danza,…). Estés o no interesado en la cultura árabe, su visita es un lujo para los sentidos y para el conocimiento.

Es en si misma Cáceres un resumen de la Historia de España, en la que los diferentes pueblos, y cada uno con su cultura y religión, han plasmado lo que es hoy. Se puede disfrutar al atravesar por cualquiera de sus arcos o puertas, las hoy romanas, o barrocas, de uno de los recintos monumentales mejor conservados de la península; adentrarnos en una torre almohade, observar fachadas mudéjares, disfrutar de palacios renacentistas, entrar en el templo cristiano más importante de la ciudad, la Concatedral de Santa María de Cáceres, de estilo románico de transición al gótico, o disfrutar de la iglesia de San Francisco en la plaza de San Jorge. Pero no sólo lo bien conservado del casco histórico llama la atención, hay en la ciudad joyas como el aljibe que se puede visitar en la Casa de las Veletas, sede del Museo de Cáceres, una auténtica maravilla arcada en un sobrio claustro, que según el estudioso Víctor Gibello, no habría tenido vínculos hidráulicos en su construcción, sino que bien pudo haber sido una mezquita. Se trata posiblemente de unos de los aljibes mejor conservados en la Península Ibérica.

Cada vez que cruzo la muralla por alguna de las puertas o arcos, la sensación es de estar transitando por una isla, una isla en la que destacan la piedra, que parece viva, y el color ocre. Una isla en la que disfruto de un legado que ha llegado directamente desde la Edad Media. Una isla en la que contrasta el color blanco de la cal y el color ocre de la piedra. Una isla llena de callejones, de rincones, de laberintos y de leyendas. Una isla que desde 1986 pasó a ser considerada Ciudad Patrimonio de la Humanidad.

Una ciudad que lo es por casualidad. Viajando el rey Alfonso XII en el tren que inauguraba la línea entre Madrid y Lisboa al pasar por Cáceres el 8 de octubre de 1881 y dedicarle unas palabras, se refirió a ella como ciudad y no como villa (que es lo que realmente era). Al ser advertido de su error, el monarca contestó “pues desde hoy es ciudad”, con lo que unos meses más tarde, el 9 de febrero de 1882, el rey nombró oficialmente ciudad a la villa de Cáceres. Hasta hoy.