Me habían comentado que no iba a ser fácil y lo descubría en mi primera mañana por Tokio. Después de dos horas deambulando de madrugada por el barrio, y después de tres intentos fallidos, cuando ya pensaba en desistir, uno de los gimnasios aceptaba mi presencia en el entrenamiento. Traspasar las puertas del sumo-heya (gimnasios donde viven y entrenan) y sentarme cerca del círculo de arena a ver cómo se ejercitan los luchadores de sumo es un espectáculo incomparable. Una auténtica gozada para los sentidos. Una de las cosas más fascinantes de un viaje por Japón.

Poco sabía del sumo antes de mi primer contacto con los luchadores. Me parecía un deporte curioso, incluso divertido, en el que unos gigantones con sobrepeso luchaban entre ellos. Pero claro, el deporte nacional japonés debía ser mucho más que eso. Y claro que lo es. En mis días por Tokio traté de buscar las raíces del sumo y aprender un poco, aunque sean leves pinceladas, de este deporte tan fascinante y peculiar.

Ryogkoku, el barrio del sumo

El sumo, y todo lo que le rodea, es palpable en los barrios de Ryogoku, y en menor media en el de Asakusa. Es donde se encuentran los sumo-heya, los restaurantes y donde con un poco de suerte y de perseverancia te puedes cruzar con algunos de los luchadores por sus calles. Una de las sorpresas agradables y “exóticas” en Tokio, sin duda.  Además, también es posible degustar su típica comida calórica (chankonabe) en alguno de los establecimientos que ofrecen este plato de muchas proteínas, con pescado, tofu, verduras, …

Al ver un entrenamiento de sumo se percibe que no se trata de un deporte normal, al uso, que hay algo especial en esa forma de afrontar los ejercicios. Algo especial que se confirma si se asiste a un torneo. Sin duda, el sumo es mucho más que un deporte, e incluso hoy día, los luchadores siguen arrojando sal en el anillo o dohyo, donde lucharán antes del combate, para purificarlo.

Afirman que el sumo formaba parte de los rituales agrícolas prehistóricos que se realizaban para apaciguar a los dioses y asegurar buenas cosechas. Se trataría por tanto de un deporte ritual, espiritual y religioso, vinculado a rituales sintoístas y practicado en santuarios. El dohyo, incluso hoy, sigue siendo un lugar sagrado. Actualmente los torneos se disputan en estadios pero quedan todavía algunas competiciones en templos religiosos, como es el caso del torneo ceremonial que se celebra en los terrenos del polémico santuario de Yasukuni. Con el tiempo, el heroísmo y la popularidad de los luchadores empezó a eclipsar los poderes de los dioses, y el sumo se convirtió en un espectáculo más que una forma de oración. Se trata del deporte nacional en Japón desde 1909, un deporte con al menos 1500 años de historia (algo más que el futbol, que tiene poco más de 100).

Una vida monacal

Una de las cosas que más llama la atención es la forma de vida de los luchadores de sumo. Una vida muy disciplinada, incluso pudiéndose asimilar a la de un monje. No sólo entrenan duro, sino que también tienen que seguir estrictos códigos de conducta, incluyendo la ropa que visten, los zuecos que calzan y la coleta alta o moño (chonmge) que peinan, igual a la que lucían los samurais en el periodo Edo. Coletas que cuidan con mucho cariño unos especialistas contratados únicamente para ello.

Tal vez sean los deportistas con una disciplina más rigurosa, tanto en los entrenamientos como en su día a día. Suena duro pero en realidad lo es mucho más, sobre todo para los jóvenes luchadores que pasan por una serie de dificultades e incluso por “castigos” físicos que les hagan más fuertes. O eso se supone. Ha habido casos en los que se ha llegado demasiado lejos aunque se intenta no hablar de ello. Lo mismo que se evita hablar de algunos “problemillas” que hubo con amaños en los torneos.

Los luchadores de sumo, aunque a primera vista parezca lo contrario, son afables y educados, simpáticos y cercanos, alegres y divertidos. La corpulencia y los muchos quilos esconden unos tipos de movimientos suaves y acompasados. Armónicos. Debajo de la grasa hay músculo y elasticidad. Nada de obesos forzudos, hay que tener un cuerpo que tolere la rigurosa disciplina del entrenamiento diario. Además, no siempre han sido tan “gordos” como en la actualidad, se trata de algo más o menos reciente (del siglo XX) y motivado porque no hay divisiones en el sumo profesional. Los luchadores tratan de ser lo más grande posible para utilizar su peso y su corpulencia en el ring.

Duros entrenamientos en los heya

La mejor manera de apreciar el sumo es asistir a algunos de los entrenamientos que realizan en los heya, donde los luchadores entrenan y viven. Sin hablar japonés (como es mi caso) se hace complicado y el sumo se convierte en un mundo cerrado y de difícil acceso. Como pude comprobar, sólo unos pocos aceptan visitantes, y no es fácil conseguirlo. Puede llegar a ser desesperante lograr entrar en uno, pero con paciencia  e insistencia se consigue. Una vez dentro, te introduces en un mundo único fascinante con una historia milenaria.

Dos luchadores, enormes por lo general, en taparrabos (mawashi) se enfrentan en un ring (dohyo) empujándose, agarrándose y tratando de lanzar al contrincante fuera del anillo o de tirarle al suelo. Un resumen un poco burdo pero que vale para hacerse una idea de un combate de sumo. Eso una vez que empiezan, pero es más importante lo que precede. La lucha psicológica entre los contendientes que puede eternizar el comienzo del combate a la vez que arrojan sal al aire. Un rito de purificación sintoísta que sigue vigente.

El mejor complemento a la visita a los entrenamientos es ir a las competiciones. Los campeonatos de sumo son increíbles. Por lo general los combates o peleas no duran más que unos pocos segundos. Todo el esfuerzo, los sacrificios y la disciplina para que en pocos segundos todo termine. Para la mayoría, sobre todo fuera de Japón, puede parecer exageradamente breve, pero quizá tenga mucho que ver con la belleza de lo efímero que tanto gusta a los japoneses. No hay que olvidar que una de las cosas más importantes en Japón tiene que ver con el florecimiento de los cerezos, otra cosa efímera. Quien sabe.

Los luchadores de sumo profesionales, en torno a 700, se clasifican según van ganando-perdiendo en los diferentes torneos (seis al año). El rango de los luchadores, banzuke, va cambiando según sus actuaciones en los torneos. El rango superior es yokozuna, seguido por ozeki, sekiwake, komusubi, y maegashira. Todos ellos forman la división superior, makuuchi. Tras ellos está la división del juryo. Ambas divisiones se conocen como sekitori e incluyen a todos los luchadores profesionales.

Extranjeros, mujeres, árbitros  y curiosos

A pesar de ser un deporte con unas raíces culturales y religiosas japonesas muy profundas, también hay extranjeros dentro de los luchadores de sumo, los cuales aprenden el idioma y cultura de forma concienzuda. Hay luchadores de Estonia, Bulgaria, Georgia, China, Hawai y Egipto, así como Mongolia y Samoa Americana. Sin embargo no hay mujeres luchadoras, e incluso se les prohibe entrar en el ring ya que afirman que violaría su pureza.

Una parte fundamental del sumo, y también curioso para los no entendidos (como es mi caso) son los árbitros o gyoji. Comienzan su andadura a una edad muy temprana y visten trajes tradicionales, diferentes según el rango, ya que al igual que los luchadores de sumo, también tienen diferente jerarquía. Lo más curioso es que llevan una espada de unos 30 centímetros para demostrar que entiende la seriedad de las decisiones que tiene que tomar, estando dispuestos a cometer seppuku o harakiri (suicidio ritual) si toman alguna mala decisión.

Los luchadores de sumo son posiblemente los atletas más grandes del mundo. Un deporte del que casi todo el mundo habla y ha visto algún combate, pero que muy pocos realmente conocen. El sumo ha sido un mundo cerrado, al que no se podía acceder, pero hoy, con paciencia, es incluso posible ver sus sufridos entrenamientos y su forma de vida. Nunca antes los corpulentos luchadores han estado más cerca.