Tengo la impresión de que los últimos años cuando elijo un país o región para viajar, en cierto modo trato de buscar y recuperar la infancia. La infancia, un lugar temporal del que nos expulsan para pasar a ser el resto de nuestras vidas simples buscadores de infancias, como oí decir a alguien. En el caso de mi viaje por Benín, creo que lo que encontré fue la infancia de mis abuelos, una infancia que no conocí, obviamente, pero que puedo llegar a imaginar.

No niego que lo que llaman desarrollo ha traído consigo muchas cosas buenas, pero al mismo tiempo, tengo la sensación de que está quitando el alma a muchos lugares, homogeneizándolos. Muchas veces estando a miles de quilómetros de casa, todo nos resulta un tanto familiar. Las ciudades se parecen cada vez más unas a otras y las gentes se comportan y visten de manera similar. Todavía hay sitios donde esto no ocurre y Benín es uno de ellos.

Es ese parecerse lo que me empuja a viajar a sitios que todavía conservan sus peculiaridades y se aferran a ellas con orgullo. Benín es sin duda un paraíso para quienes queremos escapar de esa homogeneización, para quienes queremos ver y descubrir lugares y gentes con una cultura propia que defienden cueste lo que cueste. Lo malo es que cada vez les cuesta más.

No sabía qué país visitar en mi primera experiencia por el África negra. Joan Riera, antropólogo y gran conocedor del continente y sus gentes, me recomendó Benín y no creo que haya un destino mejor. Un país poco conocido y visitado que me sorprende por su variedad desde que aterrizo en Cotonou. Disfruto cada instante y cada lugar, incluso en la aldea lacustre de Ganvié, el lugar más turístico del país (conocido como la “Venecia de África”), y del que no todo el mundo me había hablado bien. Un poblado de palafitos donde usan las barcas para todas las actividades diarias, tanto para ir a comprar como para asistir a rezar cualquiera de los templos, ya sean iglesias, templos vudú o mezquitas. Un poblado, y con razón, donde muchos residentes están cansados no de tanto visitante, sino de tanto visitante en barcas motorizadas que perturban su día a día, y dificultan el palear en sus simples barcas.

Benín, pequeño pero muy variado

Benín es un país bello que sorprende a cada paso y en cada nuevo descubrimiento por su pequeño, pero variado e intenso, territorio. Un festival para mis sentidos. Cada uno de ellos disfruta sin descanso el trayecto mientras recorro sus territorios. Sus colores, sus sabores, sus olores (algunos insoportables como en los mercados de fetiches), no dejan indiferente. Indiferente tampoco deja la dureza y lo difícil de la vida en África y en Benín no es diferente. La escasez de agua hace del líquido elemento un bien preciado y al que para conseguirlo se dedican muchas horas y esfuerzos diarios.

En comparación con Europa, y diría que con la mayoría de lugares del planeta, la religión sigue siendo muy importante en la antigua Dahomey. Supongo que las duras condiciones climáticas y de vida que padecen “obliguen” a creer, un creer que haga más soportable el aquí y el ahora. Sorprende, aunque no debería, la tolerancia religiosa que se palpa en el país, donde mezquitas, iglesias y templos vudú conviven muro con muro sin mayores problemas. En Benín la religión y las creencias son diversas, se entremezclan y conviven de una forma armónica.

Sorprende ver iglesias a cada paso, y mezquitas (más por el norte), templos vudú, y lo que sorprende es la gran cantidad de Iglesias que están asentadas en el país. Metodistas, baptistas, testigos de Jehová, pentecostalismo y un largo etcétera, pero de entre todas ellas las que más llama mi atención son los cristianos celestiales. Y llama la atención porque visten completamente de un blanco inmaculado y van descalzos cuando asisten a las ceremonias. Ceremonias a las que tengo la suerte de asistir un domingo durante varias horas. Nunca he visto ceremonias en las que se cante y se baile con esa alegría. Ver gentes vestidas con un blanco impoluto y tan alegres, en medio de caminos de tierra y polvo, es digno de admiración.

La importancia del vudú

Aunque la mayoría del país se declare católica, muchos siguen rindiendo culto a sus antepasados ya sean seguidores declarados del vudú o de cualquier otra religión. Puede que no profeses ninguna creencia, como en mi caso, pero la magia del vudú beninesa te atrapara sin quererlo, quedas hechizado con sus tradiciones y su cultura milenaria. Asistir a alguna celebración vudú es la única forma de intentar entender un poco el país y sus gentes. Unas celebraciones mágicas que te transportan a tiempos lejanos.

Hay curiosidades que o te las explican o no entiendes nada. La primera vez que veo a una mujer (más tarde también vería hombres) llevando unas pequeñas estatuas sujetas en su vestido es durante una celebración vudú. Miro con curiosidad pero nada más. Es la segunda, e incluso la tercera vez, que lo vuelvo a observar cuando la curiosidad me puede. Indago un poco y me cuentan que en Benín los gemelos son muy importantes, y que cuando uno de ellos muere se crea una pequeña estatua en la que se lleva el alma del gemelo fallecido. No sólo se lleva sino que se le trata como si estuviera vivo. Lo mismo si el segundo gemelo también fallece. Los gemelos se consideran sagrados.

La arquitectura es otra de las cosas que sorprende en Benín. Una arquitectura en la que destacan las construcciones tradicionales, únicas en muchos lugares. Habiendo varias y diversas, si tuviera que destacar alguna, serían las tata, casas/fortaleza de adobe de gran originalidad. En el caso de las tata de los somba, tienen los muros unos patrones “dibujados” iguales a los que tienen los somba escarificados en la cara. Una pasada. A las construcciones tradicionales hay que añadir la arquitectura colonial y afrobrasileña, de los siglos XVIII, XIX y comienzo del XX que nos recuerda por momentos a Brasil. Y cómo no, en un país tan religioso, nos encontramos edificios religiosos en cada esquina. En algunos lugares de forma literal. Arquitectura religiosa en la mayoría de las ocasiones anodinas, pero que nos muestra también con cuentagotas algunas joyas como la antigua mezquita de Porto Novo, construida muy parecida a la catedral de Salvador de Bahía.

Diversidad étnica y lingüística

Una de las maravillas de la antigua Dahomey (nombre como se conocía a Benín) es la gran cantidad de etnias que conviven en tan reducido territorio. Diversidad étnica y lingüística donde más de 50 grupos comparten territorio. Gentes alegres y hospitalarias incluso en lugares donde la escasez de agua y electricidad es lo normal. Gentes que se interesan, y en muchos casos se desviven, por el visitante. Un mosaico de grupos en el que varios de ellos poseen unas peculiaridades que fascinan al viajero. Así, en mis visitas a los nómadas fulani (donde las mujeres se tatúan el rostro), los holi (con sus maravillosos tatuajes faciales y corporales) o los somba (con escarificaciones faciales impactantes) no dejo de sorprenderme. Quizá lo más maravilloso y fascinante del viaje.

Si las etnias y sus diversidad cultural es lo que me atrapa de Benín, también quedo prendado, por una u otra razón, de los encantadores pueblos de pescadores o la Ruta de los Esclavos con su punto final en la ciudad de Ouidah. Lugares sorprendentes y llenos de magia donde el viajero todavía es recibido con sorpresa y con una alegría sincera. Ouidah es la capital del vudú y celebra cada 10 de enero su festival desde 1992. Sus calles, muchas de arena, y su peculiar arquitectura, concede a la ciudad un aire a pasado que atrapa mientras se recorre. La ciudad se distinguió en el pasado por ser el mayor centro de trata de esclavos. Serían estos esclavos quienes llevarían el vudú a América, tanto a Estados Unidos, como a Haití, Brasil o Cuba. Una ruta que termina con 4 kilómetros por las arenas de Ouidah, con estatuas a los costados y que conduce a la “Puerta del No Retorno”, símbolo de embarque de los esclavos rumbo hacia el Nuevo Mundo. Un Nuevo Mundo que para ellos significaría un infierno. Un comercio de esclavos que quizá sea la mayor vergüenza de la humanidad.

Los días se acaban por la antigua Dahomey después de casi un mes disfrutando con sus gentes y admirando sus paisajes. Me vienen a la mente en la despedida lo curioso que es encontrarte reyes de carne y hueso por Benín, o cómo puedes charlar con lo que sería el Papa de la religión vudú sin mucho problema, o los zangbetos (los tradicionales vigilantes de la noche), el caminar por Taneka Beri y Taneka Koko, donde me crucé con sacerdotes que todavía van en taparrabos de cuero como única vestimenta, o los sacerdotes Fa, con los que me encontré y que me explicaron que el sistema de adivinación Fa se basa en una serie de textos y fórmulas matemáticas. No hay superpoderes sino la interpretación mediante un sistema de signos. Un sistema que se sigue aplicando cada vez que se tiene que tomar una decisión importante. Gentes, lugares y culturas que me fascinan, sorprenden y hacen que mi pequeña mente europea haya quedado maravillada. Maravillada por una diversidad y unas creencias que hacen el mundo un lugar mucho más rico. La riqueza no la da el dinero.

Abandono el país recordando lo curioso y lo lejano que resultan algunas cosas beninesas. Auténticas, aunque vayan desapareciendo poco a poco. Si los benineses han podido olvidar y aceptar la trata de esclavos, no puedo ser yo menos. No hay despedida mejor de un país que una sonrisa en el rostro en la partida.