Su infancia son recuerdos de un patio de Sevilla. Su adolescencia la pasó en Madrid. Viajó en diversas ocasiones a París y fue profesor en un Instituto de Soria. Sin embargo, hay un pequeño lugar andaluz que fue de gran importancia en la vida de Antonio Machado. Allí pasaría siete años de su vida, los que van de 1912 hasta 1919. Una vez que muere su querida Leonor y decide regresar a Andalucía, el poeta elige Baeza como destino. En su primer año de estancia publica uno de sus libros imprescindibles (Campos de Castilla), y allí años más tarde conocería a Federico García Lorca.

Encontramos en la ciudad jienense la herencia del poder eclesiástico y académico en sus más importantes monumentos (catedral, universidad, iglesias), pero no es sólo el paisaje urbano lo que hace especial Baeza, sino que junto con el natural confieren a la ciudad una belleza singular. La sobria belleza de la piedra y los campos olivos que la rodean forman una pareja muy bien avenida, un escenario urbano-natural único. Cargada de historia desde tiempos lejanos lo que le ha dado la fama y el esplendor a la ciudad ha sido el Renacimiento. Es en esta época cuando Baeza alcanza cotas máximas, tanto en sus construcciones arquitectónicas (o modificaciones) como en lo cultural, convirtiéndose durante esos años en centro educativo y religioso. Uno de los máximos exponentes de la arquitectura de la época es Andrés Vandelvira, creador de los principales proyectos, quien dejaría su impronta en la ciudad y que luego fue ejemplo para muchas catedrales y demás construcciones en América Latina.

La catedral de Santa María, construida sobre la antigua mezquita, destaca sobre el resto del Conjunto Monumental, en una plaza del mismo nombre que nos proporciona unas vistas incomparables, con la fuente, el antiguo Seminario y la Universidad. Cuesta poco imaginarse al poeta sentado y contemplando tanta belleza a su alrededor. No sólo el poeta fue importante para la ciudad, también lo fueron los arquitectos (y artistas) Ginés Martínez de Aranda y Cristóbal de Rojas, nacidos en Baeza, además del ya mencionado Andrés de Vandelvira. Los tres formarían el Taller Universal de Cantería de gran relevancia y calado en la cultura renacentista.

Tener a Antonio Machado como residente y docente en la ciudad hace por si sólo que Baeza tenga un algo especial. No sólo la ciudad absorbió el saber del poeta, sino que todavía se puede visitar el aula donde impartió clases, y donde se conserva el mobiliario de la época. Con un poco de imaginación podremos ver cómo Machado ejerce de maestro con sus alumnos, e incluso podremos ser uno de ellos.

La visita a Baeza suele ir acompañada de un paseo por Úbeda, pero ni son iguales ni se pueden comparar. Siendo las dos renacentistas y de una gran belleza, quizá Baeza sea un lugar más intimo, más recogido, por decirlo de alguna forma, más poético. Todavía se siente el poso que dejó Machado en sus calles, sus plazas y sus monumentos. Sin duda, si hay un lugar por el que pasaría una y otra vez son los callejones que rodean la catedral, llenos de belleza y misterio, un lugar fascinante por el que perderse caminando, imaginando historias y leyendas, seguramente acaecidas al anochecer. Hay pocos lugares con tanto encanto y misterio como los pasadizos que bordean la catedral de Baeza.

Patrimonio de la Humanidad

Todo este patrimonio hizo que la UNESCO declarase Baeza Ciudad Patrimonio de la Humanidad en el año 2003, reconocimiento más que merecido. Antes de que llegase Machado, la ciudad ya era poética, tenía gran fama universitaria y enorme peso sacerdotal y ambos poderes fomentaron la construcción tanto de la catedral de Santa María, el palacio de Jabalquinto, la plaza del Pópulo y los alrededores, la iglesia de San Francisco y los palacios y casas señoriales repartidas por todo el barrio viejo. Toda esta riqueza y sobriedad arquitectónica, civil y renacentista donde predomina la piedra, está rodeada de un mar, no de agua sino de olivos. Una balsa en la que flota Baeza de forma natural y la hacen señorial y provinciana al mismo tiempo.

Lo quiera o no, Machado siempre aparece en Baeza. Una vez que ya he visitado los lugares más populares o conocidos, decido recorrer la ciudad sin plano y sin rumbo aparente. Dejarme llevar por ese algo que desconozco pero que me guía en muchas ocasiones cuando decido guardar los mapas. Ese algo me lleva a la vuelta de una esquina en la que me topo con una placa en la que se indica “aquí vivió el poeta Antonio Machado”. Pareciese que todos los caminos en Baeza llevasen al poeta.

Se mezcla en Baeza el arte con la tradición y la historia que ha sabido, no sólo conservar con dignidad e integridad, sino adaptarlo a los nuevos tiempos, haciendo que el recuerdo y las piedras centenarias que forman la ciudad estén presentes en el día a día, que sean un estímulo más que una carga. En mi periplo por España he encontrado ciudades a las que se presta poca atención, o al menos no toda la que se debiera, de entre ellas se pueden destacar Soria y Baeza, y en ambas dio clase Antonio Machado. Seguro que el poeta ni lo imagina. Soria y Baeza también existen aunque a veces lo pasemos por alto.

“¡Campo de Baeza, soñaré contigo cuando no te vea!”. Antonio Machado.